Me muevo al margen...
sábado, 31 de diciembre de 2011
Creo en ti Deseo
Padre todo poderoso
Creador del éxtasis
El rapto
Y los trasnochados amaneceres
En los brazos de mi hombre
Creo en tu hija
La Pasión
Resucitada
En cada encuentro
Creo en tu aliento engendrador
Quien hizo carne del Verbo
En Epifanía de hormonas
Creo en el ángel que roza con sus alas
Las paredes de mi vientre
Beso a beso
Él inventa mis labios
Nube a nube
Me trae el cielo
Creo en la santa institución
De la Oportunidad
En el perdón de los deslices
Y en que es mejor
Equivocarse
Que lamentarse
Por no atreverse
domingo, 25 de diciembre de 2011
BIENAVENTURANZAS
los que trabajan
para gastar y gastar.
Dichosos
los que pelan los dientes
sin abrir el alma.
Bienaventurados
los que jamás tocan fondo
temerosos de ser profundos.
Bienaventurados
los que al sol dan las espaldas.
¡Sean felices y dichosos!
domingo, 18 de diciembre de 2011
AHORA RECUERDO
Calles sin vida
De donde escapan los minutos deprimidos
En donde sopla el viento desolado
Calcinadas por un sol indolente
El cielo les dio la espalda
Así quedó la patria
Después de la noche de los cangrejos
Ahora recuerdo
Y no deseo olvidar
Aquella noche larga fue interrumpida
Por las metrallas y sus risas de fuego
Por la danza de los tristes
Por los huesos fracturados triturados
Practicaron la guerra con la patria
Mi patria
La locura alentó a las bombas
Las bombas embistieron a los niños
Y los niños no pudieron huir
No pudieron
No
Cabalgando en tanquetas
Llegaron los invasores
Pálidos y pintados de verdes
Desde sus murciélagos
Descuajaron el país
Y un escarabajo rodante
Trajo la muerte a vivir aquí
Los nombres de los muertos
Ahora los recuerdo
Y no deseo olvidarlos
domingo, 11 de diciembre de 2011
Maritza

primeras veces con ella comencé a sospechar que yo era invisible, pues, a pesar de mi saludo, pasaba "estirada" a mi lado, sin determinarme siquiera. En realidad sí respondía el saludo, pero fríamente. Ello fue así hasta que decidí romper el hielo de forma directa. Como la mujer es mujer, le dije con un inspirado piropo lo guapa que se veía. No mentí ni exageré, pero desde entonces entré en la corta lista de sus amistades.
No vayan a formarse una idea equivocada. Maritza no era engreída o cosa parecida, lo aparentaba, pero no lo era. Ella simplemente vivía, respiraba y caminaba vestida con una ruidosa coraza metálica. Así es, Maritza, sin ser un caballero medieval, andaba con una armadura hecha con el más duro de los metales: la desconfianza. Desconfianza en el género humano y, desconfianza en ella misma. Desconfianza provocada por el temor a ser herida, a volver a sentir dolor. Por eso hacía ver que era dura y por eso la apodé "la ruda".
La ruda y su ruidosa armadura metálica, andaban por allí sin sentir ningún dolor y sin sentir ninguna caricia de alguna mano amiga. Aislada de toda aflicción y placer. Cuando le preguntaba por qué era así, sólo me contestaba:
-La vida me ha hecho así.
Un buen día se enteró de que a sus espaldas la apodaba "la ruda". Honestamente, temí por mi vida; creí que se desataría un tifón de fuego, un ciclón radioactivo, un...un... Pero nada de lo esperado ocurrió; Maritza, sencillamente se sonrió, sí, sonrió. Casi nadie se percató de su sonrisa, pues la armadura escondía su cara, pero fui testigo de que alegremente sonrió. ¡Maritza era capaz de
sonreír como cualquier otro ser humano!
Este hecho quedó aleteando dentro de mi cabeza, primero con alas de pichón y, finalmente, con alas de águila. Un día, conversando con Maritza, para despedirme le dije:
-¿Sabes que eres una de las amigas que más quiero?
-¿Yo? ¿Por qué yo?-me interpeló anonadada por la sorpresa.
-Porque sí-le respondí atrevidamente sereno.
Maritza abrió los ojos dejando escapar una mirada de estrellas, mientras la noche de su cabello se escurría por su cuello. Fue entonces cuando sus mejillas de luna se iluminaron con una sonrisa, y en ese momento fui yo sorprendido, pues escuché cómo caían para siempre los pedazos de la armadura.
sábado, 3 de diciembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
Cuando me gane el gordo de la lotería
Cuando me gane el gordo de la lotería
No sólo te compraré un par de tacos de fútbol
Sino el mismo estadio donde jugó Rómel Fernández
Cuando me gane el gordo
No sólo te compraré un helado de chocolate
Sino la misma palabra golosina
Cuando gane
No sólo te compraré un juego de video
Sino los mismos ojos del mundo que se alegrarán al verte
Cuando
domingo, 20 de noviembre de 2011
AL FINAL FUE LA PALABRA
De niño, en las veredas de mi jardín, la lujuria y el delito jamás dejaron huellas. Sus pasos quizás eran, quizás, retumbos antiguos, nunca hierro y piedra. Allá sólo había orquídeas, mangos y un sabio cocotero; el compañero de las parejas que estrellaban contra la tierra los inútiles reparos.
Tuvieron que aparecer las sotanas para que el pecado recalara en mi vergel. Yo no lo conocía, un cura me lo presentó el día que prohibió el centelleo de pieles. ¡Adiós susurros en el palmar! Y ya no hubo parejas, sino machos, hembras y lechos plenos de obligaciones. El día que llegó la virtud eclesial a mi antiguo patio de colores, los sacerdotes celebraron con cincuenta y nueve misas y ochenta y tres procesiones.
Al arribo del policía, la parcela de los mangos pasó de rincón de chiquillos a tugurio de infractores. El tolete policiaco, cual vara nigromante, convirtió la cosecha de la fruta en delito. Él, el policía, me enseñó a robar. El día que llegó el orden policial a mi campo en flor, los policías celebraron con cuarenta redadas y setenta y tres operativos.
Con el abogado la cosa no fue mejor. Un edicto reglamentario logró que la sencillez pariera embrollos. Él, el abogado, interpuso un papel entre cónyuges, hermanos y vecinos, y aprendí una nueva palabra: demanda, y olvidé una vieja palabra: convivencia. El día que llegó la tramitación legal a mi prado de aromas, los abogados celebraron con noventa y seis procesos y veintiuna diligencias fiscales.
Derribaron muchos árboles para fabricar tanto cartón consumido en los letreros de prohibido, tanto barrote usado en las cárceles y tanto papel de resoluciones judiciales. Y un buen día las figuras llenas de censuras, al ritmo de un sermón, transformaron el huerto de palmas y orquídeas en llamas, humo, ceniza. A veces me cuesta recordar como eran los Dendrobios.
En mi infancia, delito y lujuria eran voces desconocidas. Curas, policías y abogados me las enseñaron. El día del incendio tuve que despedirme de vivir con la piel expuesta a las falanges de la brisa, de las orquídeas, de los mangos y del más sabio cocotero. En nombre de la virtud, la ley y el orden aún inhalo ceniza de flores. Pero aprendí a cubrirme con un sayal.
El jardín ya no fue mío. Era del hambre de las carabelas y de las codicias de la caña. Era de ellos, de los que me hablaron de lujuria y delito, y así fue hasta que la huerta parió una palabra jamás antes pronunciada. No sé como, entre tanta esterilidad, germinó ese roce de sílabas, pero creció hasta ser espiga de mazos.
Sotanas, toletes y edictos cerraron sus oídos y aún así la palabra brilló, caminó, encontró, amó y engendró chiquillos vivarachos y sedientos de inmortalidades. Y los sordos por vocación que usurparon miel y polen, ya nunca más reinaron.
Una palabra jamás antes pronunciada los echó de la huerta.
domingo, 6 de noviembre de 2011
OTROS TRES POEMAS DE LA CANCIÓN ATREVIDA
Jaguar de mis sábanas
Patrullero de mi jungla
Asaltas mis cimas
Mis senos
Mis simas
Jaguar de mis sábanas
Patrullero de mi jungla
Tu piel de pecas
Destella en la mía
Me gustas
Me gusta verte
Y más me gusta desnudarte
Es lindo ver
La mariposa de tu sonrisa
Y la sonrisa de tu mariposa
En el prado de tu rostro
Anunciando que nuestros cuerpos
Se buscan
Es bello oler
Los colores de tu aliento
Mientras
Inundas mis sudores
Pero sobre todo
Es tierno sentir
El cincel de tu mirada
Dibujar
Una mariposa en mis labios
Cuando mis manos rompen
El pudor de tu piel
Paladear lunares
Sembrados
En huertos de leche
-Y comer el guisado
De tus besos-
Conocer el sabor
De las pecas bribonas
Seductoras
-Y Aderezar mi ensalada
Con el vinagre
De tu lengua-
Masticar besos
De labios hinchados
Y sentir el arado
Rompiendo el surco
-Inundarme
Con el olor a zanahorias
De tus narices-
Y lamer tus muslos
-Y entre tus muslos-
Beber caricias
Y eructar
El salado aliento
Gula y lujuria
Ensalada de piel
No hay diferencia
-Gula
Lujuria
Pecar
Y alcanzar el cielo-
domingo, 30 de octubre de 2011
PARA BIEN O PARA MAL.
Hoy la recamara te parece más grande que nunca.
Con el agua, el cerebro se te refresca y empieza a funcionar. Un poco, por lo menos. Lo que te extraña es que pareciera que hoy amanecieron de otro color, los azulejos del baño.
Lo primero que recuerdas es el rostro de Lera.
Sin tener a donde ir, a cambio de techo y comida fungías como mucamo de tu propia hermana.
Tal situación era buena.
Lera estaba por casarse y se mudaría, dejándote el apartamento. Ya con un hueco propio, la mitad de tus problemas se resolvían.
La situación no era tan mala. Pero.
Un día de lavado, Lera te vio olfateando una sedosa pieza de ropa íntima; te preguntó que hacías y le contestaste que te gustaba el olor a detergente y suavizador. Desde entonces Lera estuvo más atenta y se percató de otros incidentes parecidos.
La situación comenzó a cambiar.
Otro día, buscando periódicos viejos en el armario, Lera encontró una "Play-boy" con un panty suyo manchado con algo viscoso y blancuzco.
La situación explotó.
El reclamo que Lera te hizo fue de lo más violento y desagradable. Ella incluso te golpeó varias veces y en la cara; tú, por suerte, únicamente le prometiste a gritos que la próxima mujer que te tocara el rostro, se rifaba la vida. Lera a esa amenaza te contestó con otra: el muerto serías tú, sí tan sólo volvías a pensar otra cochinada que la involucrara a ella.
Tuviste que mudarte.
A medida de que el fresco líquido te recorre el cuerpo, tu mente se aclara. Aún así, no puedes reconocer el olor del jabón que usas.
Te acordaste de que pese a todo, te invitaron a la boda. Parecía que tu hermana siempre te iba a dejar el apartamento.
No ibas a ser el mejor vestido en la ceremonia ni el más acogido pero la intimidad que obtendrías, bien costaba la simulación.
Más agua, más claridad.
Recuerdas que anoche fue la fiesta. Explotabas de felicidad, después de todo tú quieres a tu hermana. Mucho.
Bebiste, bailaste, bebiste, comiste, bebiste, conversaste, bebiste, cantaste, bebiste y bebiste.
Sacaste a Lera a bailar un vals imaginario.
Ella por un momento olvidó la muralla entre ambos y también bailó contigo. Después de todo, todavía eran hermanos. En tu ímpetu, acercaste más a tu pareja y apretándole una nalga le dijiste:
-No imaginas lo feliz que estoy, mamacita-.
Sigues bañándote. Disfrutas de las caricias del agua. Tomas una esponja que no recuerdas haber comprado y te restriegas firmemente tu anatomía, comenzando por el rostro, luego el pecho y
lo que podías alcanzar de tu espalda. Pusiste mucha espuma en tus genitales y los frotaste. Igual hiciste con tus muslos, pantorrillas y cada uno de los dedos de tus pies.
Tu mente se aclara.
Lera se veía feliz. Tu cuñado es un hombre maduro que encontró una mujer de temple, con la cual andar el mismo camino. Ya se habían prometido amor eterno y Lera cumplía su palabra.
La familia entera era fiel a las promesas hechas.
Ya lo decía papá:
-Para bien o para mal, palabra dada, palabra cumplida-.
Dejas el agua caminar tonificantemente sobre tu piel. ¡Que alivio a los efectos de la borrachera !
Un chorro de agua sobre la cara alivia tu malestar, mientras por tu mente pasan los acontecimientos de anoche: la ceremonia, la fiesta, la bebida, el vals, la estrujada...
El chorro de agua fresca logró hacerte recordar nítidamente lo ocurrido. Después de la estrujada de nalga vino la bofetada.
Recordaste que a Lera tú le hiciste una advertencia. También te acuerdas de la amenaza de ella. Ahora si te quedó claro, totalmente claro, como un vaso de cristal recién fregado, el significado de las palabras de tu padre. Tú le apretaste el trasero a tu hermana y no tuviste tiempo. Ahora no te queda más que cerrar y apretar los ojos, para que no se te desborden las imágenes de la noche anterior.
sábado, 22 de octubre de 2011
Decálogo
1-¡Prohibido rendirse!
2-¡Prohibido rendirse!
3-¡Prohibido rendirse!
4-¡Prohibido rendirse!
5-¡Prohibido rendirse!
6-¡Prohibido rendirse!
7-¡Prohibido rendirse!
8-¡Prohibido rendirse!
9-¡Prohibido rendirse!
10-¡Prohibido rendirse!
domingo, 16 de octubre de 2011
AMOR A PRIMERA BIRRA
También recordé. Nos conocimos en el lugar más adecuado, una cantina; en la fecha más propicia, los carnavales. Empatamos tan bien que nos encuartelamos en mi casa. Allí vivimos una borrachera hasta el Domingo de Resurrección. Ni siquiera perdonamos el Viernes Santo. Entre la cerveza y el coger se nos escaparon ligeros el entierro de la sardina, la cuaresma y nuestras vacaciones. Ella comenzó el semestre regular en la universidad. Yo regresé a mi trabajo en una agencia de guardias de seguridad.
Al principio iba a buscarla y pronto se me hizo evidente que eso le molestaba. Luego comenzaron las discusiones por las causas más tontas; algo pasaba. Podré ser cualquier cosa, pero no idiota, así que la invité a conversar sobre nuestra relación. Ella habló, yo escuché.
Fue una retahíla como de media hora: que si ella era una universitaria y yo no, que mi ordinariez extrema, que mi descuido en el aseo de la casa, que mi apatía en cosas de salud, que sí este santo, que sí aquella virgen; al final confesó cuanto se perturbó el día que fui a buscarla y la seguí al interior del baño de damas. Por esa razón rompía conmigo. Terminó la cerveza, me entregó el frasco con un gesto que decía “¿Vez?” Y se marchó con sus trastos.
Nunca dijo toda la verdad. Nunca me dijo que a pesar del placer y la cerveza que gozaba en privado conmigo, en público su estómago se llenaba de sobresaltos. Nunca me dijo que al ir a buscarla, su cara palidecía frente a sus amigos universitarios. Nunca me dijo que no podía confesar que cuando hacíamos el amor, mis enormes tetas aplastaban sus pequeños senos.
domingo, 9 de octubre de 2011
Tres poemas de La Canción Atrevida
En el nido de mis temblores?
¿Cuándo la noche envejezca
En madrugada?
¿Cuándo como el viento
Agitaré
Las raíces de tus vellos?
¿Cuándo el rocío abrace
Las margaritas?
¿Y cuándo
Cutis de mis afectos
Explotarás en blanca erupción
Dentro de mis abismos?
¿Acaso algún día tocaré el cielo?
Y si lo hago
¿Qué parte de su cuerpo será?
¿Sus manos?
¿Sus senos?
¿Acaso veré sus ojos?
¿De qué color serán?
¿Celestes como su piel?
Algún día abrazaré
La cintura del cielo
¿Dónde hallaré el lucero
Que espante las sombras de mi vientre vacío?
-¿Dónde mi horizonte?-
¿Qué hay de los montes que rompen el cielo?
-¿Qué del valle de mi manantial?-
¿Cuándo el viento inflamará mis velas?
-¿Cuándo alcanzaré puerto?-
¿Quién sembrará mi huerto ?
-¿A quién cosechará ?-
¿Y la respuesta?
-¿En un abrazo ?-
domingo, 2 de octubre de 2011
AQUI SEGUIRE
y se desborde en seres miserables,
aquí seguiré.
Aunque la complicidad oculte los crímenes
y el agresor quede sin castigo,
aquí seguiré.
Aunque mirar a los ojos sea hábito desdeñado
y mentir la moda,
aquí seguiré.
Aunque la tierra se derrame
en mustios potreros hasta el mar,
aquí seguiré.
Nadie me quitará el reto
de seguir aquí.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Nada más difícil de tragar que el orgullo
Nada más difícil de tragar que el orgullo
-Haló
-Buenas, ¿se encuentra Charitín?
-Sí, ella habla.
-Hola, habla Víctor.
-¡Eh, Víctor! ¿Cómo estás?
-Aquí comiendo cabanga desde la última vez que nos vimos.
-¿Cabanga? ¿Y eso?
-Nom'be, que mi hermana fue al interior y trajo varias, me he dado una "jartá" que ni te
imaginas.
-Bueno, ¿y cuando me traes un pedazo?
-¿Así que quieres comer cabanga? No te lo recomiendo, en exceso puede hacer daño; pero
algún día vas a comer de la cabanga que yo te dé.
Esa misma noche, Charitín Córdoba partió al extranjero a terminar estudios en ingeniería con
especialización sabe Dios en qué cosa y esperó en vano la despedida de su amigo Víctor Martínez.
Él, más adelante, le explicó en una carta el porqué de su ausencia en el aeropuerto; según sus
propias letras "resulté no ser tan fuerte para la despedida".
Días después de la partida Víctor se encontró solo, como si algo le faltara; buscó refugio en el
pasado y se puso a recordar. Se acordó de cuando conoció a Charitín; al principio le cayó mal por
ser muy hablantina, pero al escuchar lo que decía halló que tenía sentido y comenzó a simpatizarle.
De a poquitos fue queriéndola y apegándose a ella. Todo lo de ella le caía bien, incluso cuando lo
llamaba chiquillo. Sólo le llevaba 27 días y ya se creía muy mayor. Aunque nunca soportó cuando
venía a contarle problemas que tenía con su novio y mucho menos cuando ella le contestaba "NO" a
sus propuestas. Incluso, intentando ser poeta, le cantó así a ella:
“Ojalá que estuviese
El mundo entero contra mí.
Pero no, no es así.
No son los demás,
Los que me hacen sufrir.
Eres tú la que me persigue y reprime,
Sólo tú estás en contra mía...”
¡Ah, sí! De mil maneras él le declaró su amor y de mil modos ella le respondió con un "no".
Se acordó de la última vez que lo hizo, y de las palabras de Charitín:
-Mira, ¿tú eres necio o bobo? ¿Cuándo vas a entender que yo a ti no te veo como hombre? Es
más no creo que seas la suficiente para mí. ¿Eso era lo que querías que te dijera? ¿Cuándo te he
insinuado algo, para que te creas con derecho? Estás engañado, mi'jito, y perdiendo tu tiempo.
Después de esa "trapeada", el espíritu de Víctor quedó bajo la planta del pie izquierdo,
prometiéndose para sus adentros jamás volver a tocarle el susodicho tema.
Los días se fueron sumando en meses y estos a su vez en años, y mientras Víctor se convertía
en un reconocido reportero, Charitín recibía su diploma y título en ingeniería, con especialización en
sabe Dios qué cosa.
Llegado el día de recibirla en el aeropuerto, Víctor esperó en un rincón. Ahí se quedó incluso
cuando ella, pasando la aduana, fue a saludar con besos a familiares, amigos y, por supuesto, a su
novio, y ahí se hubiera quedado de no ser porque ella, al reconocerlo, lo llamó por su nombre y lo
saludó muy efusivamente, estrechándole la mano.
Con el correr del tiempo, su amistad se hizo más grande, tanto fue así que el día en que su
novio por fin decidió proponerle matrimonio y ella a él si le contesto afirmativamente, fue a él,
Víctor Martínez, a quien Charitín le pidió fuese su padrino de bodas. Él, al dudar un momento, se
vio convencido por las siguientes palabras: "Si me vuelves a hacer la del aeropuerto, olvídate para
siempre de mí". Palabras sugestivas y muy persuasivas.
Muy rápido llegó el día de la boda y al finalizar esta, mientras todos disparaban el tradicional
arroz sobre los novios, estaba Víctor mirando fijamente a una muchacha que sollozaba. Se acercó
como para consolarla y ésta se le abalanzó al pecho, golpeándolo y gritando: "Por tu culpa, por tu
culpa". Él, tratando de cubrirse, le contestó: "Pégale a él, que se casa, y no a mí", a la vez que, a
empujones, se la quitaba de encima. Por un instante pensó: "Si lo hubiese intentando una vez más",
pero luego se acordó de su promesa y decidió olvidar el asunto.
Como el tiempo no espera a nadie, siguió corriendo sin detenerse. La vida de casada que al
principio parecía un sueño para Charitín, fue convirtiéndose en pesadilla. Pero siempre allí estaba
Víctor, escuchándole sus problemas y siempre viéndola reconciliarse.
Un día, Charitín descubrió a su amantísimo esposo en brazos de aquella muchacha del
incidente en la boda. Al parecer, al contrario de Víctor, ella nunca se rindió. Esto fue el fin y acabó
con un matrimonio de cuatro años, cuatro años de la vida de Charitín y, por supuesto, cuatro años de
la vida de Víctor.
Había llegado la hora de recuperar el tiempo perdido. Una noche, después de la cena, de una
espléndida cena preparada por Charitín en su casa, sentados muy juntos en el sofá, mientras una
música suave se escurría en el ambiente, Víctor abrazó a la mujer de sus sueños a la vez que ésta,
dócilmente, permitía que sus bocas se uniesen. Víctor vio en ese momento la oportunidad de su
vida: Charitín, solitaria y desamparada, veía en él un refugio; él todavía la amaba y este era el mejor
momento, no para decírselo, sino para recordárselo.
- Charitín, yo quiero que tú sepas...
De pronto, a la mente de Víctor vino el sufrimiento: de cómo llegó a ser padrino de bodas y el
incidente que hubo en ella, de las constantes discusiones y reconciliaciones de Charitín con su
marido...
-Dilo, Víctor, déjame escucharlo de tus labios.
Recordó de las veces que se había tragado las lágrimas al verse rechazado; de cuántas veces
había orado cada vez que Charitín le dijo que no, para que ella nunca se arrepintiese de su
respuesta...
-Dilo, tú que eres a quien de verdad siempre he querido.
Víctor recordó la promesa que él mismo se hiciera y, poniéndose de pie, se marchó de la vida
de Charitín, diciendo:
-¡Lo siento!
domingo, 18 de septiembre de 2011
Joaquín nació
En una ciudad
Que parece odiarlo
En esa urbe
Quien lo educa
Es el fracaso
Quien lo entretiene
Es el pánico
Y quien lo quiere
Lo quiere
Tranquilito y estúpido
Frente al televisor
¡Todo tiempo pasado fue mejor!
¡Nada por venir será agradable!
Así piensan los adultos
Que le toca sufrir
Así piensan los adultos
De la ciudad donde le tocó vivir
Una metrópoli
Que no sólo parece odiarlo
Una metrópoli
Que en verdad lo odia
domingo, 4 de septiembre de 2011
CARTA A JULIO VERNE
Causa de mis dolores de cabeza
(En donde se encuentre)
No crea que le voy a desear buenos augurios en sus labores ni llenarlo de parabienes; muy por el contrario. Ojalá y sufra de jaqueca crónica, de artritis deformante y cataratas dobles. Sí, que así sea su suerte, que lo acompañe la misma desgracia como nos acompaña a nosotros.
Usted y su obra literaria han perjudicado sobre manera a mi persona y a mi familia. Porque el triste destino nos convirtió en vecinos de Aristides, un mozalbete enviciado con la lectura de sus novelas. ¡Y lo peor de todo! Un muchacho ávido de buscarle aplicación a todo nuevo conocimiento adquirido.
Es que con cada novela ocurre cada desastre. Desastres que por supuesto sufrimos nosotros. La primera que leyó fue DE LA TIERRA A LA LUNA. El día en que finalizó la lectura, Aristides, el genio, construyó un armatoste con maderas, cartones y fuegos artificiales. Una pretendida nave espacial. Vale la pena decir que el diablo ese, mientras leía su novelucha se dedicó a investigar todo sobre la carrera aeroespacial; todo menos las leyes de la aerodinámica. Al grito de “Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad” encendió su invento; el cual subió, subió, subió hasta que dio una gran curva en el aire enfilando su carga demoníaca contra el techo de nuestra casa donde hizo explosión. ¡Pobre de mi madre! Saltó del baño a la calle con sus 247 libras, apenas vestida con una toalla y gritando hasta enronquecer: “Se acaba el mundo, se acaba”. Señor Verne, si sospecho que usted se está riendo, no sabe de lo que soy capaz.
La segunda novela que leyó fue LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS y quien pagó el pato fue nuestro gato. Amarró al felino a una enorme cometa, la elevó y esa tarde arremetió por sorpresa una ventolina y a saber si nuestra mascota se encontró con La Vieja Voladora o por lo menos con Mary Poppins. Nunca más hemos tenido noticias de nuestro cariñoso micho.
En estos días está leyendo VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO y sabe algo señor Verne, ¡Yo no sé nadar! Así que si usted está acostumbrado a recibir elogios, no los busque en esta misiva, ¡Ni se le ocurra! Usted es el culpable de nuestra desgracia. Ahora mi madre vive a punta de valeriana y mi hermanita no para de llorar por su desaparecido gato.
En donde usted se encuentre sepa que en mí tiene al más ferviente detractor de su obra; esas novelas impulsan a la gente a inventar cosas y eso es peligroso; lo sé, lo he vivido en carne propia. Por lo pronto dejemos las cosas de ese tamaño, si sobrevivo a la última lectura de Aristides tendrá noticias mías.
Procurando ser lo más grosero posible, su seguro reclamante
David C. Róbinson O.
domingo, 28 de agosto de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Mi pena es enorme
Y me fornica a la fuerza
-¿Por qué muere el volcán
Envuelto en silencios?-
Mi pena es enorme
Cuando recuerdo...
-¿Qué centella
encenderá el hogar?-
domingo, 14 de agosto de 2011
TRISTE BEBIDA PARA LOS GUAYACANES
Primero me enojé y luego, exasperé por la demora. El pesado bus adelantaba unos cuantos metros y frenaba, sacudiendo nuestros cuerpos como mangos en árbol apedreado por chiquillos. ¡Que necedad! Avanzar, frenar...y el remezón. Las luces de frenos de los autos que nos precedían, estaban semiocultas por el humo de sus escapes: Humo con sabor azul ocre y color soso amargo.
En caída libre el sol chocaba contra el pavimento, transformándolo en una extensa caldera. Dentro del bus, se respiraba una mezcla de aburrimiento y aire húmedo. El tiempo avanzaba... frenaba...y agitaba sus minutos.
Una isleta sembrada de guayacanes floridos, dividía en dos la avenida; sus pétalos caídos parecían alfombra tendida bajo los pies de la tostada tarde. Con pausa nos fuimos acercando a un auto blanco metido en la isla; era como un gran cebú tirado en el pasto, con la testa de cristal hecha añicos. Su conductor y un pasajero conversaban dentro del automóvil.
Para ver mejor, saque la cabeza por la ventanilla y constaté la diferencia entre el aire hervido interno al bus y la atmósfera asada de afuera. Estiré el cuello y allí lo vi, acostado al pie de un guayacán: los brazos en cruz, la pierna derecha recogida y la otra estirada, ambas sin zapatos.
Una aureola de sangre rodeaba su cabeza. Nunca olvidaré que cuando el bus se detuvo a su lado, sus ojos opacos y los míos parecieron encontrarse. Esa tarde joven, vi como los guayacanes se conmovieron al ver su diluida alfombra, manchada de bermellón. Un agrio bocado les tocó engullir, plasma coagulado de dolor; el asco hizo palidecer sus hojas, ramas y troncos.
No pude resistir la tentación de bajar del bus e investigar los por menores.
Ella estaba al lado del cuerpo en una actitud muy extraña; le hablé y según me dijo, lo vio todo, bueno, casi todo. Me contó que ambos tenían la intención de cruzar la ardiente calle. Él se adelantó y le faltaban unos cuantos pasos. Ella no se decidía, pues una brisa impertinente intentaba levantarle la falda; solamente oyó un estallido sordo y al levantar la vista, él caía en pleno césped.
Sin importar el espectáculo de la falda, corrió lo más veloz que pudo, tratando de ganarle a la de los ojos de abismo. Se apuró...si...como se apresuró. Sin embargo cuando llegó a su diestra, ya la mariposa de las alas de viento había volado. Puso la mano muy suave sobre su pecho aún tibio, tomó sus despeinados calzados y los apretó contra su seno mientras los tristes guayacanes, con su tapete salpicado de bermellón y raíces borrachas de ruina, lloraron pétalos de colores sobre el cuerpo.
Yo estaba allí ¿acaso se te olvida? Fue cosa del destino. El destino tuvo la culpa, tú no. La velocidad en esta zona es de setenta y apenas ibas a setenta y cinco. No bebiste ni una sola gota de licor, no lo has hecho; tampoco manejabas con desorden, soy testigo de ello.
Casualidad que al acercarte, el neumático delantero izquierdo reventó tirando el carro hacia donde él se encontraba. Trató de esquivarte pero el golpe fue peor, en vez de pegarle con un costado lo agarraste de frente: defensa, parabrisas, capota, baúl; finalmente, suelo. ¡Que porrazo!
Sin verlo ya me imagino su estado. ¡No! Escucha, no eres responsable, te juro que fue un accidente, te lo juro. ¿Cómo se te ocurre hacer esas comparaciones? Este percance no tiene nada en común con el otro.
Aquella vez: una fiesta de fin de semestre, algo de cerveza, un poco de cansancio acumulado, conducir sin otra persona con la cual conversar, un segundo de sueño y despertaste con el golpe. Huiste lleno de pánico al ver manchado su trajecito. Por supuesto que lo hiciste. ¿Donde estaba la madre? Apenas eras un estudiante ¿Que podías hacer? Ir a la cárcel no le devolvería la vida. Truncar tu carrera ¿Con que provecho?
Si, si, quizás tuviste algo de culpa, tal vez...¡pero esta vez no! Un reventón, una llanta explotó y te sorprendió ¿quién puede prevenir algo tan casual? Convéncete, fue un accidente.
El auto se dirigió hacia él y no hubo tiempo para reaccionar. ¡Te juro que fue un accidente! Sacúdete los vidrios de la camisa. Es más fácil si te sueltas el cinturón. No, no. Dudo que halla algo útil que hacer. Esta bien, esta bien, ya que insistes, vamos a ver. No creo que me guste, pero vamos.
No me gusta y no entiendo. No se por qué hacen tanta alharaca, total, así es la vida. A cualquiera le puede ocurrir un incidente. Con cosas más importantes que hacer y pierden el tiempo curioseando. ¡Morbosos! En vez de ayudar, están allí... mirando.
Yo no puedo perder tiempo, no puedo darme ese lujo. Por los reajustes estoy en la calle y ahora mi trabajo es buscar empleo. Tengo mujer y tres niños a los cuales no abandonaré, aunque a veces me entran ganas de huir.
Estábamos tan bien y ahora no les doy buena vida. Los dos mayorcitos iban a la escuela particular, tuve que cambiarlos a la pública. No les estoy dando la vida que se merecen y por eso la Maida buscó trabajo en un almacén. Mi orgullo y mi bolsillo, al respecto, tienen opiniones contrarias.
Por más empeño que pongo la suerte no me acompaña, sólo trabajos eventuales. La única buena suerte fue ganar una oferta, un seguro de vida por un mes. Claro, esperan que después del plazo lo siga pagando. ¿Con qué? ¿Con cascarita de huevo? Conmigo no cuenten.
La situación puede mejorar. Acabo de tener una entrevista donde me dieron esperanzas, casi seguridad. Volveré a trabajar, seré de nuevo el jefe de la casa y ya no tendrá que trabajar mi mujer. Ahora debo levantarme y ordenar las cosas, no puedo desperdiciar tiempo. ¡Ah! No me puedo mover.
Y siguen allí, mirando. Vayan a hacer algo útil en vez de estar aquí alimentando su curiosidad. Morbosos, eso es, morbosos entrometidos que se deleitan en observar los contratiempos ajenos. Sí, especialmente ese cabezón de rostro sudado que me miraba desde la ventanilla del bus y ahora está aquí, junto a la loca que robó mis zapatos.
domingo, 7 de agosto de 2011
A LA FELICIDAD LE GUSTA PERTURBARME
A veces, la felicidad…
jueves, 28 de julio de 2011
Su nombre es Joaquín

Y vive en los suburbios
De una ciudad que no lo quiere
Su nombre es Joaquín
Y camina receloso
Entre las esquinas de sombras
Y los colores de un semáforo
Su nombre es Joaquín
Y a veces se divierte
Poniendo a pelear a las hormigas
O tirándole piedras
A ese árbol de mangos
Su nombre es Joaquín
Y no conoce el significado
De la palabra pedofilia
Le suena a dolor en las tripas
Pero sí sabe
Que de acercarse mucho al viejo de la panza gris
Será acariciado entre las piernas
Y eso
No le gusta
domingo, 17 de julio de 2011
ALECRÍN ES UNA CANCIÓN
Entre las ráfagas de la incertidumbre se escuchan las notas del cántico. Así como aletear de colibrí, tenue torrente que se aproxima y, asustado, rehuye el encuentro. Se escucha el canto y el prado vacante del Octavo Sol, invitó a diez mariquitas a caminar entre los capullos y desde las puntas del pasto avistaron a Alecrín vestida de cantatas y recorriendo las praderas. Una obertura verde nació desde sus labios.
El octavo Sol al medio día lanzó mil reflejos contra el escudo arcilloso. Y nació un feroz ataque de sed. Ese canto perfecto, ¿sería un espejismo? Ningún par de huellas crecía en la ribera. La flor no caminaba. El astro habitaba el cielo.
¿Sería un espejismo? El Sol oyó la canción y por fin quiso correr hasta la flor y las corolas que no eran ensueños. El pasto no mintió. El himno era su alegría.
Sin embargo la arcilla jamás guardó los pasos. No podía. El octavo Sol, al igual que todos los soles, no abandonaba sus pisadas. Una vez un sol lo hizo y el incendio fue terrible. A pesar de la cercanía, a la flor no le pudo arrancar ni una sola gota de perfume. Y no fue culpa de las espinas. No era Alecrín el espejismo. Él, el incandescente sublime, lo era.
Desencanto. El lucero tan cerca de los pétalos, el aroma tan lejos de los rayos.
Alecrín es una flor y también una canción, una copla en febrero, la sinfonía de septiembre. Sin embargo. Canción inconveniente, inoportuna, imposible. Y aún así. A pesar del julio fatal. Himno del Octavo Sol.
domingo, 10 de julio de 2011
VÉRTIGO
A pesar de no divisar aún el suelo, sentía su rápida aproximación; el viento hacía vibrar mis orejas, provocando un zumbido que servía de aburrido fondo. La sensación del vacío parecía plegarse y formar pólipos en mis intestinos; presentía que la nada me lamía la piel.
¿Por qué? ¿Por qué estoy cayendo? ¿Acaso el aire no es únicamente para el batir de alas? ¿Acaso yo tengo alas?
El pánico me hizo vomitar un grito en cámara lenta y tercera dimensión. Un grito contrastante con el zumbido de mis orejas; era como un solista policolor acompañado por un coro monotonal. El vértigo de la caída me pareció una ola que viajaba desde las uñas de mis pies hasta la curva de mis rizos, enredándose de paso en las paredes de mi estómago. Tantos años sobreviviendo y ahora sobremuero mi fin.
Luego de sumergirme en un banco de nubarrones, la náusea me atormentó menos. Sentí el rocío fresco envolviendo mis sienes y alejando de ellas el malestar.
Mi abuelo gustaba de caminar bajo la lluvia, alzar la cara y que las gotas, después de estrellarse, caminaran por el mapa de sus mejillas. Los placeres del abuelo eran los disgustos de la abuela: que si la ropa mojada, que si un resfriado, que si la pulmonía, que si el hospital, que si el cementerio. Al final, la abuela tuvo razón, el viejo murió de pleuresía a los noventa años.
Aún no acabo de comprender el por qué de este viaje acelerado, del vértigo tormentoso, de la máxima inseguridad. No sé el por qué, mucho menos cómo inició. Sólo sé que ahora se divisa el suelo, el final futuro, más cerca de lo deseado.
La abuela sobrevivió nueve años a la muerte de su consorte. Nueve años de periódicas y puntuales citas médicas, nueve años de píldoras e inyecciones, nueve años donde nunca una gota de lluvia tocó algún punto de su cuerpo. Fueron nueve años extrañando la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro del abuelo, mientras ella con una toalla lo secaba.
El suelo a pesar de su significado y probablemente por su lejanía, se me antojaba como un inmenso óleo. Muchos tonos de verdes y chocolates competían por llamar mi atención; en el horizonte, ahora nuevo, los azules bordeaban el blanco de las nubes que parecían colosos con sus brazos alzados en plegaria. El sol llenaba de rayas blancas el croquis del cielo y de manchas negras las espaldas de las colinas.
Descubrí que al balancearme con ritmo, convertía en música el zumbido de mis orejas. Pude desenredar las náuseas de mi estómago, luego las digerí.
De niño, junto a mi abuelo tuve la más grande de mis aventuras: un viaje en velero hasta isla Contadora. Inolvidable la danza del yate sobre el mar, los delfines saltando a estribor y la ensalada hecha con la sierra pescada en el ombligo de la tarde. Lo recuerdo parado en la proa, cortando el viento con su nariz, extendiendo los brazos y gritando:
-Vuela hijo, vuela.
¡Qué tipo era mi abuelo!
Todavía recuerdo las gotas caminando despacito por sus mejillas, su sonrisa satisfecha empapando la toalla de la abuela; incluso me acuerdo de su grito en el yate.
Convencido de lo inevitable de mi encuentro con el suelo y aún así, sin ninguna desesperación, lancé un grito armónico con la nueva música de mis orejas, abrí los brazos y dejé libre mi pecho para el impacto, abrí los brazos y mis dedos rebanaron como queso el aire, abrí los brazos y grité:
-Abuelooo.
Abrí los brazos lo más que pude, abrí los brazos y estos...emplumaron.
¡Una brizna de hierba apenas rozó mi abdomen!
domingo, 3 de julio de 2011
ME GUSTAS
Me gusta verte
Y más me gusta desnudarte
Es lindo ver
La mariposa de tu sonrisa
Y la sonrisa de tu mariposa
En el prado de tu rostro
Anunciando que nuestros cuerpos
Se buscan
Es bello oler
Los colores de tu aliento
Mientras
Inundas mis sudores
Pero sobre todo
Es tierno sentir
El cincel de tu mirada
Dibujar
Una mariposa en mis labios
Cuando mis manos rompen
El pudor de tu piel
sábado, 25 de junio de 2011
AUTORRETRATO
Dicen por estas tierras
que el Caballero de la triste figura
se me queda corto.
¿Será porque camino al sur
mientras el rebaño va al norte?
Mis manos y lengua son torpes
tarde o temprano algo estropean.
¿Qué planean hacer hoy mis lindas cómplices?
A los bailes de disfraces ya no me invitan
¿Por qué siempre insistiré en ir sin máscara?
¡Soy feliz!
Pocos lo creen y muchos se preguntan
¿Cómo puede serlo?
domingo, 19 de junio de 2011
TETRAHEDRO (Fragmento)
Los invitados la pasaban de lo lindo en la piscina y el área de picnic, también gozaban de los paseos a caballo, la comida y el licor. A Felipe le atrajo mucho un trago de la casa a base de ron, tanto que, desinhibido por la borrachera, intentó propasarse con Isaté. Nicolás no lo soportó y reaccionó violentamente, igual hicieron su mujer y su suegra. Con los golpes y gritos dieron punto final al cómico y supuesto comportamiento civilizado de caballeros.
A Nicolás sólo le faltó echar espuma por la boca. Isaté, histérica, demostró un vocabulario desconocido en ella, y a su madre le dio un soponcio. Tanto esperar la revancha y la echaron a perder en un instante. Al marcharse los ofendidos, alguien por ahí dejó escapar el siguiente refrán: “La familia que pelea unida, permanece unida.”
A todo esto, Felipe corrió a ocultarse en el chiquero. Allí intentó sentarse en la baranda del cubil de la puerca recién parida, con tan mala suerte, que cayó de espaldas en medio de la porqueriza. Por el mareo quedó inconsciente, eructó y se le cubrió el rostro con una masa extraña.
Los puerquitos se le acercaron lamiéndole la porquería regurgitada de la cara, mientras la enorme cerda comenzó a olfatearlo; primero por el cuello y de ahí hacia abajo. Al llegar a las ingles, volvió a olfatearle el cuerpo entero con más detenimiento. Al olerle otra vez entre las piernas, se detuvo aspirando profundo y hurgando con la trompa, primero muy suave y luego con más fuerza, y finalmente, ya decidida, empezó a masticar...
domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
AL PRINCIPIO
No había cielo
La tierra estaba sin adornos
Y barrida por huracanes
Tú en una esquina del planeta
Yo en la otra
Una pradera estéril
Separaba los reflejos
Dijo el viento:
- Levántate y camina -
Tú también escuchaste
Y mis pies marcaron el polvo
Y él
El viento
Se llevó mi aroma
Y él
El viento
Regresó con tu perfume
Y el infinito no fue suficiente
En un abrazo conocí
La fuente de tus efluvios
Al llamado de tu caricia
Mis senos florecieron
Y de ellos
Leche y miel
Brotó el cielo
Nació el sol
domingo, 29 de mayo de 2011
LOS MOTIVOS DE CASTEL
domingo, 22 de mayo de 2011
AURORA
Aurora, cantas y de tu boca brotan... ¿Canciones? ¿Historias? ¡No! ¡Maldiciones! Unas envueltas en celofán o papel de regalo, otras perfectamente desnudas, pero todas llenas de esperanza. Son como querubes de sol que rasgan el tapiz de la noche. Son como extrañas melodías que hurgan el punto preciso.
Tus maldiciones son especiales; no son gasto inútil de saliva. Son juramentos sin marcas de la bestia, germinados en una esquina del desierto, libres de víboras y cangrejos. Tienen sabor a cabellos despeinados, olor a dedos industriosos y textura de orquídea amable.
Maldices todos los días y hasta tienes tus preferencias, por ejemplo, condenas el agua estancada y al viento frenado, la impotable y el irrespirable. Para ti, interrumpirse es morir y tú maldices por no resignarte. ¡Vivan tus cascadas y tornados! ¡Adiós a la charca!
Tus maldiciones son las mías, las de una tarde vacía de eclipses pendencieros y colmada de resonancias luminosas. Me costó unos años comprenderlo. Sin embargo el dolor, el tiempo y el amor lograron abrir mis oídos y así pude entender de imprecaciones. No tengo tu maestría, pero ahora proclamo que es mejor maldecir que doblar la rodilla izquierda.
Maldices al papá que regala una bicicleta a un niño sin enseñarle a manejarla; y a la madre que matrimonia a la hija con una ceremonia y no con un hombre. Al joven que necesita colgarse una marca en el cuello para sentirse y a la chica que requiere engancharse a un cuello para sentir.
Maldices la cucaracha oliva que se filtra entre las rajaduras del ombligo y se jacta de las envidias que derraman sus encías. Tú maldices, Aurora, las horas bordadas con el temor de zafarse de las sombras. ¡Miedo al miedo! Hay que apagar el televisor y encender la vida. ¡Maldita sea!
Por tus maldiciones, un puñal de tul en caída libre se sumerge en las carnes y abre espacio entre las costillas y rompe la unidad de los tejidos y los inunda de coraje. Por tus maldiciones, el encaje más amarillo se torna blanco al sufrir los pinchazos de la aguja uniéndolo a la pollera. Tú nunca te rindes y siempre coses tus camisas. Por eso atiendo tus condenaciones.
Aurora, cantas y la atmósfera estalla en maldiciones, llenas de esperanza. Y tu anatema viaja hasta los cometas y tu denuesto rebota por los cráteres. Extraña melodía en busca de libertades. Sé que no eres necia sino que en verdad nos quieres.
Benditas tus abominaciones, las que no abandonan el bajel amenazado por el naufragio. Benditas tus execraciones, las que perennemente alentarán a un niño armado con un biombo, a lanzar una piedra al aire para que estallen los colores.
Aurora, cantas y de tu boca brotan... ¿Canciones? ¿Historias? ¡No! ¡Maldiciones!