Me muevo al margen...

Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...

domingo, 23 de marzo de 2014

CARTA A MANDY DESDE EL PARAÍSO

CARTA A MANDY DESDE EL PARAÍSO
Cerro Patacón, 27 de febrero de 2002

Mi muy querida Mandy:

¿Cómo está mi cucaracha preferida? ¿Bien? Cuanto me alegro. Te mando estas líneas para saludarte y desear que estés rodeada por tus 3 458 hijas, nietas, bisnietas y tataranietas. Sé lo difícil que es eso. Con tanta fumigación espero que el número de tu familia no se vea exageradamente mermado.
Te cuento prima que por acá me va muy bien. Esto es el paraíso. Hay montañas de basura. Tanta que las ratas ni me voltean a ver. Nunca tengo que preocuparme porque alguna de ellas me quiera cenar. Y lo mejor de todo: Nadie anda persiguiéndome apurado a destriparme con una chancleta.
Mudarme fue lo mejor que pude hacer. Espero que tomes en serio mi invitación a convertirte en mi vecina junto con tus muchas hijas, nietas, bisnietas y tataranietas. Tan sólo tienen que imitarme. Llegué aquí montado en un camión recolector de basura y te digo que el viaje es bastante seguro y entretenido. Hazlo pronto y antes de la próxima fumigación.

Con cariño

Mingo

domingo, 16 de marzo de 2014

CUENTOS DE DO, RE Y MI…

Do le preguntó a su hermanito Re sobre el por qué sus padres fueron tan tacaños y los bautizaron con nombres tan diminutos. Mi, la hermanita de ambos, sin que le preguntaran, le dijo que un nombre pequeño era signo de cariño. Re estuvo de acuerdo con Mi y le recordó lo lindo que se escuchaban sus nombres en la boca de mamá.

Do no quedó muy convencido e insistió que los nombres cortos eran para no gastar mucho aire. Re y Mi le replicaron que cómo iba a pensar eso y terminaron envueltos en una discusión. Y Do que les decía: “Papá es un tacaño” y Re que le contestaba: “Te voy a pegar un puñete” y Mi que no se quedaba atrás, gritaba a todo galillo: “Pégale, pégale”. En eso estaban, hasta escuchar una voz muy dulce que los llamó por sus nombres. Era mamá. Los tres corrieron hasta su falda y Do olvidó la tacañería.

domingo, 9 de marzo de 2014

AURORA

Aurora, cantas y de tu boca brotan..., ¿Canciones? ¿Historias? ¡No! ¡Maldiciones! Unas envueltas en celofán o papel de regalo, otras perfectamente desnudas, pero todas llenas de esperanza. Son como querubes de sol que rasgan el tapiz de la noche. Son como extrañas melodías que hurgan el punto preciso.
            Tus maldiciones son especiales; no son gasto inútil de saliva. Son juramentos sin marcas de la bestia, germinados en una esquina del desierto, libres de víboras y cangrejos. Tienen sabor a cabellos despeinados, olor a dedos industriosos y textura de orquídea amable.   
            Maldices todos los días y hasta tienes tus preferencias, por ejemplo, condenas el agua estancada y el viento frenado, la impotable y el irrespirable. Para ti, interrumpirse es morir y tú maldices por no resignarte. ¡Vivan tus cascadas y tornados! ¡Adiós a la charca!
            Tus maldiciones son las mías, las de una tarde vacía de eclipses pendencieros y colmada de resonancias luminosas. Me costó unos años comprenderlo. Sin embargo el dolor, el tiempo y el amor lograron abrir mis oídos y así pude entender de imprecaciones. No tengo tu maestría, pero ahora proclamo que es mejor maldecir que doblar la rodilla izquierda.
Maldices al papá que regala una bicicleta a un niño sin enseñarle a manejarla; y a la madre que matrimonia a la hija con una ceremonia y no con un hombre. Al joven que necesita colgarse una marca en el cuello para sentirse y a la chica que requiere engancharse a un cuello para sentir.
Maldices la cucaracha oliva que se filtra entre las rajaduras del ombligo y se jacta de las envidias que derraman sus encías. Tú maldices, Aurora, las horas bordadas con el temor de zafarse de las sombras. ¡Miedo al miedo! Hay que apagar el televisor y encender la vida. ¡Maldita sea!
            Por tus maldiciones, un puñal de tul en caída libre se sumerge en las carnes y abre espacio entre las costillas y rompe la unidad de los tejidos y los inunda de coraje. Por tus maldiciones, el encaje más amarillo se torna blanco al sufrir los pinchazos de la aguja uniéndolo a la pollera. Tú nunca te rindes y siempre coses tus camisas. Por eso atiendo tus maldiciones.
            Aurora, cantas y la atmósfera estalla en maldiciones, llenas de esperanza. Y tu anatema viaja hasta los cometas y tu denuesto rebota por los cráteres. Extraña melodía en busca de libertades. Sé que no eres necia sino que en verdad nos quieres.

            Benditas tus maldiciones, las que no abandonan el bajel amenazado por el naufragio. Benditas tus maldiciones, las que perennemente alentarán a un niño armado con un biombo, a lanzar una piedra al aire para que estallen los colores. Aurora, cantas y de tu boca brotan..., ¿Canciones? ¿Historias? ¡No! ¡Maldiciones!

domingo, 2 de marzo de 2014

Uno de mis cuentos traído desde el margen:

CANTATA DE GORDA Y MURCIÉLAGO 


            Hoy he decidido que sea 29 de febrero. Recuerdo que el 29 de febrero del año pasado la pasé muy bien. Sí, en efecto, así fue.       También he decidido que sea miércoles. Supongo que el ombligo semanal me ayudará a soportar mejor este peso en el cardias, el de esta gorda sentada sobre la boca de mi estómago, el que no me permite hacer bien la digestión.
            Basta que me acueste o hasta que me siente, para que la obesa, se acomode sobre mí. Creo que ya debo oler a estiércol, porque encima me hecha cada flatulencia.
            Son las 19:31. Es una bonita mañana.
            Ayer, por unos minutos, pude zafarme de la gorda que me impide hacer bien la digestión; es que fui al mercado público y una piedrera me pidió un cuara. Trate de ser discreto, pero aproveché la ocasión. Claro que yo no necesito regresar, ese problema ya lo tengo resuelto, hace mucho tiempo.             
            Aunque he decidido que hoy sea miércoles, el aire me sabe a domingo. Debe ser una evocación. Una memoria traída por usar a la piedrera. Cuando niño en la misa me dedicaba a observar mujeres. Las miraba a ellas y su aparentar de ángeles y santas. A las mayores por sus velos cubriendo misterios. A las más jóvenes por sus rostros de poco maquillaje. Me gustaba imaginar las curvas bajo esos trajes poco insinuantes, sin importar si se trataba de un seno caído o una nalga firme. Me gustaba darle alas a la invención y sentir en mi paladar el sabor a sudor. Dejé de ir a misa. Ahora me basta con cerrar los ojos o mirar al cielo raso.
            Pese que estoy tomando decisiones en forma clara y sin titubeos, hoy el olfato se me ha despertado confundido. Siento olores a jamón, confeti y cera de vela. Quiere decir que debemos estar en agosto. Ya mis oídos adivinan el sonido de la patria y de nuevo el olor a jamón; o ¿Será que adivino la música de una murga y el olor a incienso? No sé. Creo que ya no me puedo guiar por el olfato para saber en que época del año estamos. Esa gorda debe estar involucrada en esta pérdida de agudeza de mi tan preciado sentido. Hace días o semanas, no estoy seguro, no recibo visitas y por cuestión de justicia, no visito a nadie. Quizás el olor a flato sea insoportable y por más jabón, desodorante y perfume que use, no lo puedo disimular. Hoy desperté comprensivo, así que, en nombre de los que no me visitan y no me invitan, voy aceptarme esa disculpa.
            Tener estas particularidades, como una gorda oprimiendo con su peso mi cardias, es cosa de familia. Mi hermano mayor también tiene lo suyo. Él en vez de un corazón que bombea sangre, tiene un murciélago que la succiona.  Antes que se me olvide. El sentido del tacto de mi hermano es muy singular. Que yo sepa, una almohada es suave, hasta puede ser tierna; pero sólo muy dormido se le puede confundir con una mujer. En la piel de una mujer, según lo escuchado alguna vez, se puede sentir el sabor a sudor ajeno, en una almohada, no. Él, mi hermano, sin estar dormido y si el murciélago se lo permite, puede sentir el sabor a sudor ajeno sobre la funda de una almohada.
            Ya se me olvido que tenía que decirles.
            ¡Ah! Mi hermano duerme solo. Bueno, casi siempre. Me contó, hace mucho tiempo, que a veces los sueños le acompañan, pero que basta con un cambio en el ritmo de su respirar, para que se fuguen. Basta que el murciélago que habita en su tórax roce sus pulmones, para que éstos se le agiten. Entonces los sueños se van, lo abandonan huyendo del terrible batir de alas peludas.
            De verdad, él tiene un murciélago volando dentro de su pecho, nadie le cree. Yo sí.
            Cuando va al médico, el doctor siempre se enoja. Dice el galeno que su corazón tiene una magnífica salud que lo de él, no es más que una extraordinaria necedad. Que difícil se le hace a mi hermano explicar que cuando el miserable quiróptero bate las alas, agita sus pulmones, espanta sus sueños, arruga su ceño y sospecho, deja su boca con un aliento terrible. Algo parecido al olor a caca de mi gorda.
            ¿Cómo pudo crecer ese bicho dentro de él? ¿Cómo pudo esa gorda acomodarse sobre mi cardias?  No sé, supongo que fue cosa de los años, las costumbres y esas ganas de comer en nuestros platos sin interrupciones. En la secundaria, siempre nos mantuvimos alejados de los muchachos, mucho más de las muchachas; nunca jugamos pelota, jamás piropeamos chicas, él siempre sentía el roce del murciélago en sus entrañas. Yo, el olor de mi gorda. Desde entonces, al eructar él, siente como el pelo asqueroso se mezcla con la comida; al sentarme yo, me ahogan el peso y los gases de mi gorda.
            Una vez en el bachillerato, a mi hermano, la sensación de pelos rozando su lengua, le provocó vomitar; al explicarle la razón a nuestro padre, este revisó minuciosamente la devolución y al no encontrar nada parecido a un pelo, lo castigó por una semana. Yo no confesé ni insinúe nada sobre mi gorda. Eso molestó a mi hermano y desde entonces, su murciélago y mi gorda, viven sin verse ni tolerarse.
            Pero seguimos siendo hermanos.
            Nosotros, él gracias al murciélago, yo a la gorda, hemos recorrido una vida entera sin molestarnos en pensar el por qué nuestros labios inferiores, al acostarnos, no tienen otra compañía que la de nuestros labios superiores.
            Los dos aprendimos la innecesidad de ir a misa.
Por el murciélago, él sin estar dormido, sin usar mucho la imaginación y sin la compañía de los sueños, confunde el olor de almohada con aroma a sudor de mujer. Por la gorda, a mí me basta cerrar los ojos o mirar fijo al cielo raso.

Palabras de un tío a su sobrino

Querido Davisín, querido sobrino, sobrino que cargué en mis brazos, mis brazos que también abrazaron a Monina, mi bella hermana, tu bella madre, te hablo desde mi oscuro podium de ánima penitente. Mi alma no descansa, no puede descansar.
Querido Davisín, querido sobrino, sé y lo sé muy bien que no recuerdas mis sonrisas. Pero también sé y lo sé muy bien que tú y yo estuvimos conectados. Fuiste tú quien dio la alarma: ¡Tío Pipo pum, pum! ¡Tío Pipo pum, pum! Sino hubieses dado ese pitazo, yo hubiese muerto sin volver a ver el rostro tierno de mi madre, el rostro tierno de tu abuela.
Querido Davisín, querido sobrino, la historia está escrita, la de Ascanio, la mía no. Te la cuento. Estudié hasta el I bimestre de 6° año en el Instituto Bolívar, de allí pasé a la nocturna del Instituto Nicolás Victoria Jaén, me cambié porque quise trabajar, quise hacerme responsable de mi vida, quise dejar de ser una carga para mis padres. Además, trabajando en Salsipuedes, recogía algunos reales con los cuales patrocinaba una que otra actividad de la federación de estudiantes. El 9 de enero de 1964 era ya casi el final del IV bimestre, faltaba un mes y unos cuantos días para graduarme del bachillerato. Pero la ocupación colonial no quiso que fuese así.
Aquella tarde de dolor y gloria, de sangre y honor, los aguiluchos llegaron hasta mi aula de clases y nos contaron la humillación, y nos hablaron del escarnio, y mi pecho no pudo menos que estallar y marchar hasta la frontera impuesta. Sabes muy bien que, al igual que tú, soy panameño hijo de inmigrantes, tu abuelo es colombiano, tu abuela es peruana, pero tu abuelo y tu abuela quisieron más a esta patria que muchos malandrines nacidos aquí. 
Caminamos desde Bella Vista hasta la frontera impuesta, la que hoy conoces como avenida de Los Mártires. Allá tomé la bandera y marché con ella y marchamos todos, varias veces, entre el comisariato de Curundú y el Nido de Águilas. Veníamos de regreso desde el Instituto y en la esquina del Hotel Tívoli, en esa  maldita esquina y desde ese maldito hotel, cerca de las diez de la noche dos  balas del 45 me alcanzaron. Una atravesó mi cuerpo, la otra reventó mis pulmones. No creas que me causó alguna consternación saber que saquearon ese hotel.
Me llevaron al Santo Tomás y me dieron por muerto. A la una de la madrugada del 10 de enero se percataron que aún vivía y hasta a esa hora comenzaron a atenderme. La noche del 9 de enero fui herido y di la batalla por mi vida hasta la noche del 11 de enero. Dicen que si el banco de sangre no hubiese colapsado, quizás me hubiese salvado. Quizás en el siguiente mayo hubiese celebrado mi cumpleaños número 19. Pero Panamá es tierra de paz, ¿cómo estar listos para la guerra? ¿Quién iba a imaginar que el odio se atrevería a tanto? Antes de partir, al ver el rostro lloroso de mi madre, sólo pude consolarla con estas palabras, mis palabras: todo es por la patria.
Pero Davisín, a pesar de los muchos frutos de la sangre derramada, mi sangre, no puedo descansar, no me dejan hacerlo. Desde acá te digo que hay seres peores que los demonios del infierno. Los hombres, las mujeres que se burlan de la sangre del sacrificio valiente, los que se mofan de los muertos por la patria, esos son peores que Belcebú y sus legiones.
Querido Davisín, querido sobrino, estoy cabreado, estoy cabreado de tanta pose. Estoy asqueado de tanto turismo. Porque parece que de eso se trata, de ir a tomar el aire fresco frente a mi sepultura, de tomarse la foto a pocos pasos de la placa que identifica mis restos. ¿Será que los  más honestos son los que de una vez se marchan a las playas y olvidan el día de mi asesinato? Gobiernos van, gobiernos vienen y ni uno sólo ha sido capaz de reivindicar la totalidad de nuestra causa: Panamá para todos los panameños y no para unos cuantos.
Querido Davisín, querido sobrino, estoy cabreado, estoy cabreado de tanta mentira. Estoy cabreado de ver que aquellos que gritaron: ¡Maten a todos esos comunistas! Ahora son los que pelechan del canal. Esos que decían que la soberanía no se come, son los mejor alimentados por la soberanía. Estoy cabreado sobrino, muy cabreado.
Querido Davisín, querido sobrino, estoy cabreado, estoy cabreado de tanta incoherencia. Estoy cabreado del turismo revolucionario, de ver a tanto joven de mi edad que estudia en la universidad a la que las balas no me permitieron asistir, verlos ser patriotas hasta que se gradúan y el gobierno o el partido o alguna ONG patrocinada por mis asesinos los contrata. Son patriotas hasta que comienzan a cobrar un cheque por dejar de serlo. Y claro, mientras hacen la revolución no dejan de enriquecer a los dueños de las cervecerías, a los cómplices de mi asesinato.
Estoy cabreado, sobrino, estoy cabreado de ver a tanto turista del primer mundo exclamar con gran asombro en las marchas del tercer mundo: ¡Esto ser da revolución! ¡Que gud es ser revolucionario! Sobrino, ¿tú no crees que sería mejor que ellos regresasen a sus países a revolucionar las leyes de migración que nos impiden ir a sus tierras a hacer la revolución que ellos no se atreven a hacer allá y así nosotros poder regresar y hacer la revolución acá?


Davisín, soy Estanislado Orobio Williams, tu tío, la razón por la cual te sientes orgulloso de no tener la visa de los gringos. Pero también espero ser la razón por la cual te sientes orgulloso de tu trabajo, de tus amigos, tu bandera y tu país. Pero querido sobrino, te pido un gran favor, te lo pido desde mi oscuro podium, sigue conectado a mí. No a mi fantasma, a mí. No a mí nombre, sino a mi persona. Fui un muchacho que aún ama este país, que como hijo amó y también como hermano y como enamorado; apenas pude comenzar a trabajar lo hice y siempre que pude fui solidario; cuando tuve que cargar la bandera también lo hice. Mi pecho fue atravesado por el plomo y morí por no recibir la correcta atención médica. Sé y lo sé muy bien que jóvenes como yo aún abundan en Panamá. Davisín, conéctate a mí y diles mis palabras, diles que no las olviden: Todo es por la patria. Todo es por la patria. Que todo es por la patria. Sólo así podré abandonar este oscuro podium, sólo así podré descansar. Sólo así mi Panamá, tú Panamá será la patria, por fin, la patria de todos los panameños. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Del libro Vértigo (In ego volantis)

Puente a mí mismo

UNA AUTENTICA IMITACIÓN DE LOS GIRASOLES

            Ese hedor era tan penetrante que logró fastidiar mi sueño. Por breves segundos no supe de donde provenía aquella pestilencia, hasta que unos apagados gruñidos llamaron mi atención sobre un bulto echado en la tupida alfombra de lana australiana.
            Empujé con el codo a mi mujer pero ella ni se inmutó. Encendí la lamparilla de noche y antes de verificar la identidad del bulto, tomé mi reloj digital de cuarzo y leí: 4 y 43 a.m... Faltaban 107 minutos para cumplir las ocho horas de sueño que me permitían funcionar de manera cabal en la oficina.
            De nuevo intenté despertar a mi esposa para afrontar juntos ese bulto, pero imposible, ella se obcecaba en dormir; supongo que gracias a la bendita sinusitis, no sentía el olor.          
            Al incorporarme y poner los pies sobre la blanda moqueta, pisé con asco al intuir poder tropezar con alguna sustancia pegajosa proveniente del fardo; algo baboso que se me pudiera escurrir entre los dedos de los pies.
            Más mareado que dormido caminé hasta la puerta del cuarto y desde allí, gracias al clic del interruptor eléctrico, espanté a los duendes de las sombras; pero la peste se quedó con ese bulto gruñón, ahora definido ante mis ojos medrosos.
            Se trataba de una alimaña de flácido cuero manchado con sarna y casi atravesado por huesos puntiagudos, larga trompa con emergentes colmillos cariados, patas flacas y nudosas que parecían no poder sostener su laxo cuerpo, orejas colgantes como banderas raídas; tuerto y con la cuenca vacía tapiada por un parche de lagaña. El fondo del ojo sano poseía una chispa inquietante.
            Obvio que se trataba de un animal, sin embargo no adivinaba su género. Ese bulto animal contrastaba con el resto de la alcoba.
            No tenía nada en común con la alfombra sobre la cual estaba acostado, ni con el juego de recamara hecho de caoba y tallado a mano. No tenía nada en común con los lienzos satinados de la cama y la auténtica imitación de Los Girasoles de Van Gogh colgada de la pared lateral. No tenía nada en común con el ropero lleno de piezas adecuadas para el trabajo y la vida social de un oficinista; menos con el espejo de cuerpo entero, vigilante periódico de los detalles de la buena apariencia. Nada de mi recámara podía afiliarse con esa bestia. Sólo el aire acondicionado se hizo su cómplice, al difundir por parejo su cochino aliento. No toleré tal infidelidad y lo desconecté.
            Todavía no entendía como mi señora dormía tranquila, si con cada gruñido se espesaba más el caldo pestífero. Ella se veía linda con el arreglado cabello sobre la cara y su pequeño pie derecho asomándose apenas  entre las sábanas: ni un callo, ni una uña mal cortada. Por haber apagado el aire la destapé para que no sudara.    Ella tampoco tenía nada en común con aquel bulto animal.
            Aplastado contra el marco de la puerta, con la nariz en arruga para evitar la tufarada, observé muy bien a esa cosa animada; en especial la chispa derramada por su ojo sano: la miraba y la pensaba, pensaba y miraba, miraba, pensaba, pensaba, pensaba.
            ¿Que dirían en el club si se enterasen de que un pestilente bulto animal reposaba en mi dormitorio? Mis jefes y compañeros de oficina cambiarían su opinión sobre mí, al saber que pude respirar aquel tufo y sobrevivir. ¿Que pasaría si mi esposa despertase y al pisar la alfombra, algo baboso se le escurriera entre sus dedos sin callos ni uñas mal cortadas? Lo peor sería que todos ellos, concluyeran que la chispa proveniente del ojo sano del bulto animal, inquietaba mi ser más allá de la debido.
            Ese brillo era algo místico que descubría un pasado tachado: zanjas de agua sucia que servían de piscina a niños desnudos, esquinas donde la droga más difícil de comprar era una aspirina, collados de mugre horadados por ratas y cucarachas, una mujer avejentada secando a plancha el solitario uniforme colegial de su hijo.
            Pero nada de eso tenía algo en común con mis ropas, mi reloj digital de cuarzo, mi alfombra de lana australiana, mis muebles de caoba con acabados a mano, mi espejo de cuerpo entero, mi auto, mi apartamento o mi afiliación al club. No había nada en común, nada en común, nada. El bulto animal no se interesaba en mis posesiones y eso me aterrorizaba. Mi auténtica imitación de Los Girasoles se descoloraba.
            Esa chispa me fue cubriendo como aceite que envuelve a una pieza de motor puesto en marcha. Se que debí oponerme, al final no me iba a gustar eso de navegar en aguas profundas; ver fondo en el abismo, no me iba a gustar.
            A mi me agrada vestirme bien, hacer un buen trabajo en la oficina, salir los viernes con mis amigos, ir los sábados con mi esposa al cine o a bailar y los domingos a casa de mi suegra. Una vida sin complicaciones, de reglas hechas como rieles sobre los cuales nada más hay que montarse. Esa noche el tren de mi vida se descarriló.

            No resistí, no pude, estaba ávido de enterarme de lo conocido, de ver lo visto, oír lo escuchado y deslumbrado por la chispa inquietante del ojo sano del bulto animal, recordé a un niño nadando desnudo en una zanja, mientras su madre se preparaba a secar a punta de plancha, un solitario uniforme escolar.

sábado, 4 de enero de 2014

Y desde el margen un cuento de mi cuarto libro:

Puente y espejo

TRISTE BEBIDA PARA LOS GUAYACANES


            Parecía un viaje más hasta que nos topamos con un inoportuno embotellamiento. Sentado al lado de la ventana de uno de los primeros asientos, observaba a través del parabrisas del autobús como avanzaba lentamente la fila de coches. Primero me enojé y luego, exasperé por la demora. El pesado bus adelantaba unos cuantos metros y frenaba, sacudiendo nuestros cuerpos como mangos en árbol apedreado por chiquillos. ¡Que necedad! Avanzar, frenar...y el remezón. Las luces de frenos de los autos que nos precedían, estaban semiocultas por el humo de sus escapes: Humo con sabor azul ocre y color soso amargo. En caída libre el sol chocaba contra el pavimento, transformándolo en una extensa caldera. Dentro del bus, se respiraba una mezcla de aburrimiento y aire húmedo. El tiempo avanzaba...frenaba...y agitaba sus minutos. Una isleta sembrada de guayacanes floridos, dividía en dos la avenida; sus pétalos caídos parecían alfombra tendida bajo los pies de la tostada tarde. Con pausa nos fuimos acercando a un auto blanco metido en la isla; era como un gran cebú tirado en el pasto, con la testa de cristal hecha añicos. Su conductor y un pasajero conversaban dentro del automóvil. Para ver mejor, saque la cabeza por la ventanilla y constaté la diferencia entre el aire hervido interno al bus y la atmósfera asada de afuera. Estiré el cuello y allí lo vi, acostado al pie de un guayacán: los brazos en cruz, la pierna derecha recogida y la otra estirada, ambas sin zapatos. Una aureola de sangre rodeaba su cabeza. Nunca olvidaré que cuando el bus se detuvo a su lado, sus ojos opacos y los míos parecieron encontrarse. Esa tarde joven, vi como los guayacanes se conmovieron al ver su diluida alfombra, manchada de bermellón. Un agrio bocado les tocó engullir, plasma coagulado de dolor; el asco hizo palidecer sus hojas, ramas y troncos. No pude resistir la tentación de bajar del bus e investigar los por menores. Ella estaba al lado del cuerpo en una actitud muy extraña; le hablé y según me dijo, lo vio todo, bueno, casi todo. Me contó que ambos tenían la intención de cruzar la ardiente calle. Él se adelantó y le faltaban unos cuantos pasos. Ella no se decidía, pues una brisa impertinente intentaba levantarle la falda; solamente oyó un estallido sordo y al levantar la vista, él caía en pleno césped. Sin importar el espectáculo de la falda, corrió lo más veloz que pudo, tratando de ganarle a la de los ojos de abismo. Se apuró...si...como se apresuró. Sin embargo cuando llegó a su diestra, ya la mariposa de las alas de viento había volado. Puso la mano muy suave sobre su pecho aún tibio, tomó sus despeinados calzados y los apretó contra su seno mientras los tristes guayacanes, con su tapete salpicado de bermellón y raíces borrachas de ruina, lloraron pétalos de colores sobre el cuerpo.
            Yo estaba allí ¿acaso se te olvida? Fue cosa del destino. El destino tuvo la culpa, tú no. La velocidad en esta zona es de setenta y apenas ibas a setenta y cinco. No bebiste ni una sola gota de licor, no lo has hecho; tampoco manejabas con desorden, soy testigo de ello. Casualidad que al acercarte, el neumático delantero izquierdo reventó tirando el carro hacia donde él se encontraba. Trató de esquivarte pero el golpe fue peor, en vez de pegarle con un costado lo agarraste de frente: defensa, parabrisas, capota, baúl; finalmente, suelo. ¡Que porrazo! Sin verlo ya me imagino su estado. ¡No! Escucha, no eres responsable, te juro que fue un accidente, te lo juro. ¿Cómo se te ocurre hacer esas comparaciones? Este percance no tiene nada en común con el otro. Aquella vez: una fiesta de fin de semestre, algo de cerveza, un poco de cansancio acumulado, conducir sin otra persona con la cual conversar, un segundo de sueño y despertaste con el golpe. Huiste lleno de pánico al ver manchado su trajecito. Por supuesto que lo hiciste. ¿Donde estaba la madre? Apenas eras un estudiante ¿Que podías hacer? Ir a la cárcel no le devolvería la vida. Truncar tu carrera ¿Con que provecho? Si, si, quizás tuviste algo de culpa, tal vez... ¡pero esta vez no! Un reventón, una llanta explotó y te sorprendió ¿quién puede prevenir algo tan casual? Convéncete, fue un accidente. El auto se dirigió hacia él y no hubo tiempo para reaccionar. ¡Te juro que fue un accidente! Sacúdete los vidrios de la camisa. Es más fácil si te sueltas el cinturón. No, no. Dudo que haya algo útil que hacer. Esta bien, esta bien, ya que insistes, vamos a ver. No creo que me guste, pero vamos.

            No me gusta y no entiendo. No se por qué hacen tanta alharaca, total, así es la vida. A cualquiera le puede ocurrir un incidente. Con cosas más importantes que hacer y pierden el tiempo curioseando. ¡Morbosos! En vez de ayudar, están allí... mirando. Yo no puedo perder tiempo, no puedo darme ese lujo. Por los reajustes estoy en la calle y ahora mi trabajo es buscar empleo. Tengo mujer y tres niños a los cuales no abandonaré, aunque a veces me entran ganas de huir. Estábamos tan bien y ahora no les doy buena vida. Los dos mayorcitos iban a la escuela particular, tuve que cambiarlos a la pública. No les estoy dando la vida que se merecen y por eso la Maida buscó trabajo en un almacén. Mi orgullo y mi bolsillo, al respecto, tienen opiniones contrarias. Por más empeño que pongo la suerte no me acompaña, sólo trabajos eventuales. La única buena suerte fue ganar una oferta, un seguro de vida por un mes. Claro, esperan que después del plazo lo siga pagando. ¿Con qué? ¿Con cascarita de huevo? Conmigo no cuenten. La situación puede mejorar. Acabo de tener una entrevista donde me dieron esperanzas, casi seguridad. Volveré a trabajar, seré de nuevo el jefe de la casa y ya no tendrá que trabajar mi mujer. Ahora debo levantarme y ordenar las cosas, no puedo desperdiciar tiempo. ¡Ah! No me puedo mover. Y siguen allí, mirando. Vayan a hacer algo útil en vez de estar aquí alimentando su curiosidad. Morbosos, eso es, morbosos entrometidos que se deleitan en observar los contratiempos ajenos. Sí, especialmente ese cabezón de rostro sudado que me miraba desde la ventanilla del bus y ahora está aquí, junto a la loca que robó mis zapatos.