En las llanuras de Himaira, donde el pasto crece alto y los arroyos
siempre cantan, pasea un toro turquesa de pesuñas de henequén y cuernos de
plata. Gracias a sus pezuñas nunca se le escucha acercarse. Dicen que su
cornada es mágica. Sus cuernos de plata concretan cualquier sueño. Por supuesto
que para que ello ocurra, hay que cumplir ciertas condiciones. La primera, hay que vestirse correctamente:
gorra o sombrero, saco o playera, pantalones de lino o mezclilla, zapatos o
zapatillas, no importa; lo que sí es primordial es que sean de marca y que ella
esté a la vista. No se admite comprar en baratillos. La segunda condición es
poseer una o varias tarjetas de crédito y un celular; el beeper apenas disimula
el asunto. Usar tarjetas de prepago en el celular no es tan conveniente, es
preferible pagar una mensualidad. La tercera, es indispensable recorrer la
pradera en carro propio, preferible en auto del año y que tenga todas las
extras. Una cuatro por cuatro es perfecta. Para encontrarse con el toro
turquesa también sirve: ir a las discotecas y pedir los tragos en otro idioma,
ser miembro de algún club campestre, navegar diariamente en la red informática,
tener la boca llena de alambres, comunicarse por medio de onomatopeyas y
tecnicismos, ir al gimnasio tres veces por semana, permanecer atado a algún
tipo de dieta y vivir sin preguntarse que tienen que ver los sueños con una
cornada de plata. Yo cumplí todas las condiciones. Estacioné mi automóvil en la
orilla de un riachuelo. Caminé algunas centenas de metros. Lo hice con
suficiente cuidado para no ajar ni empolvar mi atuendo y admiré por un momento
el verdor de Himaira. No lo escuché venir.
Ahora, aquí tendido cuan largo soy en una camilla hospitalaria, zurcido
por los dolores me pregunto seriamente, ¿Qué tienen que ver los sueños con una
cornada de plata?
Me muevo al margen...
Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...
domingo, 27 de julio de 2014
domingo, 20 de julio de 2014
CURIOSIDAD
Acostado
sobre mi acolchado mueble preferido y sin nada que reflexionar, me dediqué a
observar los pocos objetos de mi austero cuarto: Un espejo de pared cuyo marco
imita el oro, un palo horizontal con unos cuantos trapos colgados y bajo ellos,
una caja cuyo contenido no recuerdo. Libros y zapatos que tendidos por el suelo
parecen dormir la siesta y...y esa caja. Mi curiosidad se agita. Pero mi pereza
es mayor, así que decido dormir, decisión no acatada por mis ojos que
abandonando su lecho viajaron hasta la caja.
Dentro de la caja mis ojos vieron a
un colibrí
perverso retando a un huracán; por supuesto, un brazo en alto del huracán y el
pobre pajarillo perdió hasta las plumas y al Sol fue a parar. Tras el ave voló
mi ojo derecho. El Sol parece amarillo. Sin embargo, gracias al peregrinar del
responsable de mi diestra visión, me percaté que no lo es. Ocurre que está
sembrado de flores. Flores brillantes y doradas. Flores visitadas por muchas
abejas. Abejas naranjas de alas fulgurantes. También entre los tallos de las
flores abundan hormigas blancas y plateadas. El Sol parece amarillo. Pero no lo
es. Ocurre que tiene muchas flores doradas, abejas naranjas y hormigas
plateadas. Eso vio mi ojo derecho. Mi ojo izquierdo se quedó en la caja y
percibió otro fenómeno de los colores. Mi esferoide órgano vio como un lápiz
sufrió un ataque de hipertensión. ¡Qué mala suerte! O mejor dicho, ¡Qué
rabieta! El lápiz especialista en pintar los cielos, no pudo controlarse y de
aquí en adelante sólo pintará volcanes sonrojados. Una discusión sobre colores
con las acuarelas, un acceso de ira y el lápiz hipertenso, que antes era azul y
que ya nunca más lo será, ahora es el lápiz rojo. Así lo vio mi ojo izquierdo.
Al despertar mis ojos regresaron
encandilados a sus cuencas. Tanta flor, ave y hormiga. Tanta ira de lápiz
hipertenso. Ahora me arden bastante. Tendré que deshacerme de esa caja.
domingo, 13 de julio de 2014
CARTA A JULIO VERNE
CARTA A JULIO VERNE
Ciudad Radial, 6 de marzo de
2002
Señor Julio Verne
Causa de mis dolores de cabeza
(En donde se encuentre)
Mi para nada estimado escritor:
No crea que
le voy a desear buenos augurios en sus labores ni llenarlo de parabienes; muy
por el contrario. Ojalá y sufra de jaqueca crónica, de artritis deformante y
cataratas dobles. Sí, que así sea su suerte, que lo acompañe la misma desgracia
como nos acompaña a nosotros.
Usted y su
obra literaria han perjudicado sobre manera a mi persona y a mi familia. Porque
el triste destino nos convirtió en vecinos de Aristides, un mozalbete enviciado
con la lectura de sus novelas. ¡Y lo peor de todo! Un muchacho ávido de
buscarle aplicación a todo nuevo conocimiento adquirido.
Es que con cada novela ocurre
cada desastre. Desastres que por supuesto sufrimos nosotros. La primera que
leyó fue De La Tierra A La Luna. El día en que finalizó la lectura,
Aristides, el genio, construyó un armatoste con maderas, cartones y fuegos
artificiales. Una pretendida nave espacial. Vale la pena decir que el diablo
ese, mientras leía su novelucha se dedicó a investigar todo sobre la carrera
aeroespacial; todo menos las leyes de la aerodinámica. Al grito de “Un pequeño
paso para un hombre, un gran paso para la humanidad” encendió su invento;
el cual subió, subió, subió hasta que dio una gran curva en el aire enfilando
su carga demoníaca contra el techo de nuestra casa donde hizo explosión. ¡Pobre
de mi madre! Saltó del baño a la calle con sus 247 libras , apenas
vestida con una toalla y gritando hasta enronquecer: “Se acaba el mundo, se
acaba”. Señor Verne, si sospecho que usted se está riendo, no sabe de lo
que soy capaz.
La segunda
novela que leyó fue La Vuelta Al Mundo En Ochenta Días y quien pagó
el pato fue nuestro gato. Amarró al felino a una enorme cometa, la elevó y esa
tarde arremetió por sorpresa una ventolina y a saber si nuestra mascota se
encontró con La Vieja
Voladora o por lo menos con Mary Poppins. Nunca más hemos
tenido noticias de nuestro cariñoso micho.
En estos
días está leyendo Veinte Mil Leguas De
Viaje Submarino y sabe algo señor Verne, ¡Yo no sé nadar! Así que si
usted está acostumbrado a recibir elogios, no los busque en esta misiva, ¡Ni se
le ocurra! Usted es el culpable de nuestra desgracia. Ahora mi madre vive a
punta de valeriana y mi hermanita no para de llorar por su desaparecido gato.
En donde
usted se encuentre sepa que en mí tiene al más ferviente detractor de su obra;
esas novelas impulsan a la gente a inventar cosas y eso es peligroso; lo sé, lo
he vivido en carne propia. Por lo pronto dejemos las cosas de ese tamaño, si
sobrevivo a la última lectura de Aristides tendrá noticias mías.
Procurando
ser lo más grosero posible, su seguro reclamante
sábado, 28 de junio de 2014
¡QUÉ COMPLICADO ES EL AMOR BREVE!
¡QUÉ COMPLICADO ES EL AMOR BREVE!
¡Que complicado es el amor breve! No
permite que el sabor de los besos se añeje en los labios y que las pieles se
reconozcan a fuerza de contacto. No permite que las miradas se sumerjan hasta
tocar los valles y que las sonrisas anuncien las gratas esperas. No permite
irritarse y que el enojo fallezca como aguacero.
¡Qué complicado es el amor breve!
Tanto como construir un dolor o correr a los brazos del miedo. Peor que abrazar
la cintura del mar o caminar descalzo sobre la brisa. Es cosa de ventanas
cerradas o fuga de estrella interrumpida o degustación de arena huraña.
¡Qué complicado es el amor breve! No
deja espacio para que un hombre pida a una mujer que despida los silencios con
el susurro nacido de sus cabellos, de su boca, de su cutis, en las noches sin
luna. No deja que se escuchen los versos de los dedos arando la piel o las
sinfonías de los poros estallando.
¡Qué complicado es el amor breve!
Sin hogar de pocos trastos y muchas conversas. Sin ollas preocupadas por tener
algo de arroz para las visitas. Sin mecedoras cálidas que acojan a quien merece
descanso. Sin camas cómplices a la hora de la hora de nuestra vida amén.
El amor breve es tan complicado,
basta un descuido y fallece marchito. El amor breve es tan complicado como
volar con las alas de Ícaro, acercarse al sol y pretender sobrevivir.
domingo, 15 de junio de 2014
LOS JUEGOS DE LA INFANTA ALEJANDRA
Arte de Rafael Galdames
A mí me gusta platicar con la Luna. Es muy divertido
porque ella es muy hablantina. Sólo hay que aprender a escucharla. Ya es de
noche cuando aterriza en mi patio y me escapo por la puerta de la cocina y voy
al jardín a saludarla. La miro muy fijamente, le digo hola y entonces
comenzamos a conversar. Así aprendí a oírla. Ella me cuenta que viene de más
allá de las nubes y de jugar con meteoros; yo le cuento mis andanzas.
A veces, la Luna se conforma con ser
resplandor y me saluda desde los sombreros del bosque; otras veces se convierte
en niña y jugamos a las escondidas. Antes de irme a dormir, siempre, me invita
a sentarnos en el césped y usamos de espejo las gotitas del rocío. Al día
siguiente, el Sol se pone muy celoso y calienta mi cabeza con más fuerza. ¡Qué
mal humor tiene el Sol! Por eso tengo que jugar con él también. Pero él nunca
se convierte en niño.
También me gusta jugar en los
parques. Allí corro por las veredas, salto las bancas y hago sudar mucho a mi
abuelito. Cómo me gusta ver a las estatuas. Pero siempre que miro una está
inmóvil. A ninguna he visto caminar, correr o saltar ni siquiera sentarse a las
que están de pie. Siempre quietecitas, sin gotas de sudor en sus caras, sin sus
pechos inflarse al respirar, sin sacudir las piernas por el cansancio. Tal vez
algunas de ellas bajen por las noches a caminar por los patios que vigilan de
día. Quizás, cuando nadie las ve, estiran perezosas los músculos mientras
truenan sus huesotes. A lo mejor van en secreto hasta una refresquería y allí
beben mucha chicha. Mi papá dice que tales cosas son una tontería y que nadie
ha visto brincar a una estatua. Yo creo que lo que pasa es que ellas son
tímidas y no les gusta que las vean juguetear.
Con las estatuas no puedo jugar y
nada más las miro… ¡cómo no se mueven…! Por eso cuando voy al parque me
divierto con el viento. Lo que no me gusta es que siempre trata de soltarme las
trenzas que mi mamá me hace en las mañanas. También juego mucho con las nubes,
yo adivino y ellas dibujan. A veces, ellas tratan de adivinarme el pensamiento.
Lo que sí no me agrada es ir a la escuela y hacer la
tarea.
Ayer le
pregunté a la maestra: ¿Para
qué sirve un caracol? No me contestó. Supongo que un caracol sirve para dejar
baba sobre las piedras del jardín. O para dormirme mientras camina hasta la
siguiente piedra. Lo hace tan lento que no hay más remedio. También para verlo
mover sus antenas como si fuera un marciano. Creo que los caracoles no sirven para
jugar, me da asco la baba esa. ¡Ah! Ya sé: los caracoles deben servir para
asustar a las otras niñas, pero que sea Emilio el que los agarre, ni loca me
embarro con esa baba.
La maestra nunca me sabe
contestar mis preguntas. Por eso no me gusta la escuela. Pero sí me encanta
jugar. Jugar con la luna, el sol, las
estatuas, las nubes, el viento y hasta con los caracoles. Pero con quien más
prefiero jugar es con papá y mamá; más que con mis muñecas. Dice mi abuelita
que lo que ellos deben hacer es regalarme un hermanito. No sé cómo van a hacer,
pues yo no he visto que vendan hermanitos en las jugueterias.
domingo, 1 de junio de 2014
LA MANCHA AUSENTE EN EL RETRATO
Contraste en verde
Buscó
acuciosamente en esa deformidad pintada que un día fue su retrato. Cada pulgada
del lienzo fue indagada con extrema diligencia. Allí encontró todo el amarillo
de sus infamias. Los amores muertos a golpe de hielo. Las humillaciones
infringidas a los claveles que sólo querían agradarle. Almas azules que
creyeron que la hiel sabía de sinceridad. Allí la pareja abandonada, allá el
amigo hundido en la empresa fraudulenta. Acá la familia avergonzada y aquí el
ser que ya no resiste la inmortalidad de su malvada belleza. Eternamente joven.
Eternamente vacío. ¡Basta ya!
Vino,
coca, sexo. Nunca amistad. Menos amor. Jamás lealtad. Mucho menos fidelidad.
Aunque sí fue fiel. A su terso rostro. A lo hermoso de su cuerpo. Al ingenio de
su charla. A la fulminante ternura de su mirada. Sí fue fiel. A como adueñarse
de las voluntades ajenas para ajarlas y luego arrojarlas por el caño. Por el
mero placer de hacerlo. Sólo porque se podía hacer.
Pero hay
límites. No hay lienzo que resista tanta mancha putrefacta. No hay posible
resistencia al horrendo cuadro. Por eso ese ser, paradigma de la belleza de la
piel para afuera, decidió ponerle fin a todo. Un cuchillo. Un corte preciso y
adiós a la pintura que le recuerda sus muchas crueldades. Un corte preciso y
adiós a esa eterna, bella, decrépita juventud.
Pero
tenía que saberlo. Tenía que confirmar que allí no estaba la mancha que
registraba la destrucción del único ser que vio a través del oropel barato y
luego le sonrió mirándolo directo a los ojos. Ese ser que sin estar frente al
grabado de sus maldades siempre supo de las entrañas de su sepulcro blanqueado.
Buscó en el retrato deforme. Indagó por muchas horas. Y allí, entre todo el
amarillo de sus infamias, no encontró la mancha que registraba la ruina de
aquel ser tan especial. Al final, la belleza de la piel para afuera regaló su
última sonrisa. Un corte preciso y todo terminó.
domingo, 25 de mayo de 2014
DISCERNIMIENTO
Gris y rosado
DISCERNIMIENTO
Hoy día la carrera de derecho se
encuentra en pleno apogeo. Todo papeleo implica contratar a un abogado. El otro
día, para un simple trámite municipal, supe que necesitaste los servicios de un
licenciado en leyes. Lo del contrato de importaciones y todo aquello. ¡Y qué
honorarios más altos cobró el fulano! Pero quiero que te detengas a reflexionar
sobre tus hijos.
Mira a Eusebio. Está allí por tu
culpa. Querías ufanarte ante tus amigos y mamá deseaba una atención rápida y
confiable a su hipocondría. De nada valió decirles cuanto le disgusta ver
sangre, agujas, catéteres y huesos rotos. No les importó. Tampoco su escasa
vocación para afrontar el dolor humano. Menos. Cuando les dijo que deseaba ser
maestro, se rieron comentando que ya había suficientes muertos de hambre. Lo
único que les interesaba era colgar otro feo trofeo en la pared: Su diploma de
medicina. Por eso Eusebio es infeliz. De nada valió obligarlo a estudiar
medicina. No cura enfermos. No pudo. Así que se ve obligado a seguir abriendo
cadáveres en la morgue.
¿Y Marino? ¿Qué me dices de Marino?
¿Por qué le faltará valor para cambiar de profesión? Sé que no quiere vivir
así. Le falta ternura, cariño y sobre todo un cuerpo que lo acompañe. Una
cintura donde clavar sus dedos, una espalda que lo calme, unas manos ajenas
inquietas por contar sus vellos, recorrer sus curvas y llenar sus
profundidades. Tú bien sabes que eso del celibato no es para Marino. Al
obligarlo a entrar al seminario, sólo intentaste ocultar sus preferencias. Pero
él sigue anhelando satisfacer el deseo que tanto te espanta. Y también es
infeliz.
Pero
donde te luciste fue con Susana. Desde muy joven la hiciste calzar botas
militares. Todo porque era un espíritu libre que no se sometía a tus designios.
Lleva muchos años manchando sus botas de polvo, lodo y sangre. Antes ella misma
las lavaba y lustraba hasta que brillarán como espejos. Ahora, algún soldado
con el fusil cruzado en la espalda y acomodado en un taburete lo hace. Ventajas
del rango. Y pensar que tú eres el responsable de ese amorío entre Susana y sus
botas. La arrastraste, tirando de sus orejas, hasta la academia militar. ¿Y
adivina? También es infeliz.
¿Comprendes
el efecto que han tenido tus imposiciones sobre la vida de tus tres hijos
mayores? ¿Y quieres que yo siga por el mismo camino? ¿Qué te pasa? Sé que es
importante contar con un abogado de confianza, por si acaso un percance con la
justicia o algo parecido. Es más, me honra que pienses en mí para tal
responsabilidad familiar. Pero papá, si quieres un abogado en la familia,
matricúlate tú en la Facultad
de Derecho.
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