Me muevo al margen...

Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...

domingo, 15 de junio de 2014

LOS JUEGOS DE LA INFANTA ALEJANDRA

Arte de Rafael Galdames

A mí me gusta platicar con la Luna. Es muy divertido porque ella es muy hablantina. Sólo hay que aprender a escucharla. Ya es de noche cuando aterriza en mi patio y me escapo por la puerta de la cocina y voy al jardín a saludarla. La miro muy fijamente, le digo hola y entonces comenzamos a conversar. Así aprendí a oírla. Ella me cuenta que viene de más allá de las nubes y de jugar con meteoros; yo le cuento mis andanzas.
A veces, la Luna se conforma con ser resplandor y me saluda desde los sombreros del bosque; otras veces se convierte en niña y jugamos a las escondidas. Antes de irme a dormir, siempre, me invita a sentarnos en el césped y usamos de espejo las gotitas del rocío. Al día siguiente, el Sol se pone muy celoso y calienta mi cabeza con más fuerza. ¡Qué mal humor tiene el Sol! Por eso tengo que jugar con él también. Pero él nunca se convierte en niño.
            También me gusta jugar en los parques. Allí corro por las veredas, salto las bancas y hago sudar mucho a mi abuelito. Cómo me gusta ver a las estatuas. Pero siempre que miro una está inmóvil. A ninguna he visto caminar, correr o saltar ni siquiera sentarse a las que están de pie. Siempre quietecitas, sin gotas de sudor en sus caras, sin sus pechos inflarse al respirar, sin sacudir las piernas por el cansancio. Tal vez algunas de ellas bajen por las noches a caminar por los patios que vigilan de día. Quizás, cuando nadie las ve, estiran perezosas los músculos mientras truenan sus huesotes. A lo mejor van en secreto hasta una refresquería y allí beben mucha chicha. Mi papá dice que tales cosas son una tontería y que nadie ha visto brincar a una estatua. Yo creo que lo que pasa es que ellas son tímidas y no les gusta que las vean juguetear.
            Con las estatuas no puedo jugar y nada más las miro… ¡cómo no se mueven…! Por eso cuando voy al parque me divierto con el viento. Lo que no me gusta es que siempre trata de soltarme las trenzas que mi mamá me hace en las mañanas. También juego mucho con las nubes, yo adivino y ellas dibujan. A veces, ellas tratan de adivinarme el pensamiento.
Lo que sí no me agrada es ir a la escuela y hacer la tarea.
Ayer le pregunté a la maestra: ¿Para qué sirve un caracol? No me contestó. Supongo que un caracol sirve para dejar baba sobre las piedras del jardín. O para dormirme mientras camina hasta la siguiente piedra. Lo hace tan lento que no hay más remedio. También para verlo mover sus antenas como si fuera un marciano. Creo que los caracoles no sirven para jugar, me da asco la baba esa. ¡Ah! Ya sé: los caracoles deben servir para asustar a las otras niñas, pero que sea Emilio el que los agarre, ni loca me embarro con esa baba.
La maestra nunca me sabe contestar mis preguntas. Por eso no me gusta la escuela. Pero sí me encanta jugar. Jugar con la luna, el sol, las estatuas, las nubes, el viento y hasta con los caracoles. Pero con quien más prefiero jugar es con papá y mamá; más que con mis muñecas. Dice mi abuelita que lo que ellos deben hacer es regalarme un hermanito. No sé cómo van a hacer, pues yo no he visto que vendan hermanitos en las jugueterias.

domingo, 1 de junio de 2014

LA MANCHA AUSENTE EN EL RETRATO

Contraste en verde
Buscó acuciosamente en esa deformidad pintada que un día fue su retrato. Cada pulgada del lienzo fue indagada con extrema diligencia. Allí encontró todo el amarillo de sus infamias. Los amores muertos a golpe de hielo. Las humillaciones infringidas a los claveles que sólo querían agradarle. Almas azules que creyeron que la hiel sabía de sinceridad. Allí la pareja abandonada, allá el amigo hundido en la empresa fraudulenta. Acá la familia avergonzada y aquí el ser que ya no resiste la inmortalidad de su malvada belleza. Eternamente joven. Eternamente vacío. ¡Basta ya!
Vino, coca, sexo. Nunca amistad. Menos amor. Jamás lealtad. Mucho menos fidelidad. Aunque sí fue fiel. A su terso rostro. A lo hermoso de su cuerpo. Al ingenio de su charla. A la fulminante ternura de su mirada. Sí fue fiel. A como adueñarse de las voluntades ajenas para ajarlas y luego arrojarlas por el caño. Por el mero placer de hacerlo. Sólo porque se podía hacer.
Pero hay límites. No hay lienzo que resista tanta mancha putrefacta. No hay posible resistencia al horrendo cuadro. Por eso ese ser, paradigma de la belleza de la piel para afuera, decidió ponerle fin a todo. Un cuchillo. Un corte preciso y adiós a la pintura que le recuerda sus muchas crueldades. Un corte preciso y adiós a esa eterna, bella, decrépita juventud.

Pero tenía que saberlo. Tenía que confirmar que allí no estaba la mancha que registraba la destrucción del único ser que vio a través del oropel barato y luego le sonrió mirándolo directo a los ojos. Ese ser que sin estar frente al grabado de sus maldades siempre supo de las entrañas de su sepulcro blanqueado. Buscó en el retrato deforme. Indagó por muchas horas. Y allí, entre todo el amarillo de sus infamias, no encontró la mancha que registraba la ruina de aquel ser tan especial. Al final, la belleza de la piel para afuera regaló su última sonrisa. Un corte preciso y todo terminó.

domingo, 25 de mayo de 2014

DISCERNIMIENTO

Gris y rosado

DISCERNIMIENTO

            Hoy día la carrera de derecho se encuentra en pleno apogeo. Todo papeleo implica contratar a un abogado. El otro día, para un simple trámite municipal, supe que necesitaste los servicios de un licenciado en leyes. Lo del contrato de importaciones y todo aquello. ¡Y qué honorarios más altos cobró el fulano! Pero quiero que te detengas a reflexionar sobre tus hijos.
            Mira a Eusebio. Está allí por tu culpa. Querías ufanarte ante tus amigos y mamá deseaba una atención rápida y confiable a su hipocondría. De nada valió decirles cuanto le disgusta ver sangre, agujas, catéteres y huesos rotos. No les importó. Tampoco su escasa vocación para afrontar el dolor humano. Menos. Cuando les dijo que deseaba ser maestro, se rieron comentando que ya había suficientes muertos de hambre. Lo único que les interesaba era colgar otro feo trofeo en la pared: Su diploma de medicina. Por eso Eusebio es infeliz. De nada valió obligarlo a estudiar medicina. No cura enfermos. No pudo. Así que se ve obligado a seguir abriendo cadáveres en la morgue.
            ¿Y Marino? ¿Qué me dices de Marino? ¿Por qué le faltará valor para cambiar de profesión? Sé que no quiere vivir así. Le falta ternura, cariño y sobre todo un cuerpo que lo acompañe. Una cintura donde clavar sus dedos, una espalda que lo calme, unas manos ajenas inquietas por contar sus vellos, recorrer sus curvas y llenar sus profundidades. Tú bien sabes que eso del celibato no es para Marino. Al obligarlo a entrar al seminario, sólo intentaste ocultar sus preferencias. Pero él sigue anhelando satisfacer el deseo que tanto te espanta. Y también es infeliz.
Pero donde te luciste fue con Susana. Desde muy joven la hiciste calzar botas militares. Todo porque era un espíritu libre que no se sometía a tus designios. Lleva muchos años manchando sus botas de polvo, lodo y sangre. Antes ella misma las lavaba y lustraba hasta que brillarán como espejos. Ahora, algún soldado con el fusil cruzado en la espalda y acomodado en un taburete lo hace. Ventajas del rango. Y pensar que tú eres el responsable de ese amorío entre Susana y sus botas. La arrastraste, tirando de sus orejas, hasta la academia militar. ¿Y adivina? También es infeliz.

            ¿Comprendes el efecto que han tenido tus imposiciones sobre la vida de tus tres hijos mayores? ¿Y quieres que yo siga por el mismo camino? ¿Qué te pasa? Sé que es importante contar con un abogado de confianza, por si acaso un percance con la justicia o algo parecido. Es más, me honra que pienses en mí para tal responsabilidad familiar. Pero papá, si quieres un abogado en la familia, matricúlate tú en la Facultad de Derecho.

domingo, 11 de mayo de 2014

INSTRUCCIONES PARA MONTAR UNA BICICLETA CON UN PEDAL DAÑADO

Atento

INSTRUCCIONES PARA MONTAR UNA BICICLETA CON UN PEDAL DAÑADO
La crisis arrecia y ya no es posible mantener el ritmo consumidor. Los indicativos así lo indican: Se redujo el número de automóviles en las calles, aumentaron los ciclistas en las mismas y por último, ¡Lo último!, Creció la población de bicicletas con pedales dañados. Razones hay, desde aterrizajes forzosos y laterales, hasta sobrepeso de los usuarios, sin olvidar las pequeñas colisiones al intentar estacionar de un tirón las bicicletas en las aceras.
            Esta peculiar situación nos motiva a lanzar una campaña para el uso eficaz y eficiente de las bicicletas en dichas condiciones. Sin duda, en eso de dar consejos, somos muy acertados.
            Antes de cualquier acción verifique la incompatibilidad entre el pedal roto y su pierna de uso preferencial. Debe asegurarse que si el pedal dañado es el derecho, usted sea zurdo de extremidades inferiores. Eso es fácil. Para saber cuál es el pedal dañado de la bicicleta, colóquese frente a ella asiendo el timón con ambas manos, tal como si tomara por los cuernos a un ejemplar del género vacuno; si el pedal dañado lo observa del lado de su extremidad superior derecha, entonces, el pedal estropeado es el izquierdo. No olvide el efecto espejo.
            Para saber si usted es zurdo o diestro de piernas, basta con solicitarle a algún vecino, familiar, amigo o compañero de trabajo, que le arroje un balón de fútbol y así poder observar con cuál pie reacciona y patea el susodicho balón. Quien lo ayude debe instalarse frente a usted a unos seis metros con veinticuatro centímetros; milímetros más, milímetros menos, no importa, despreocúpese por la exactitud. Luego lanzarle el balón en dirección a sus pies en una elíptica de elevación no mayor a dos veces y un cuarto su propia altura y no menor a su propia altura y tres cuartos. O sea, si usted mide 1.64 metros el balón debe elevarse entre 2.87 y 3.69 metros. Recuerde, milímetros más o milímetros menos, no se afane por la exactitud. El balón debe viajar con fuerza para vencer la atracción gravitatoria del planeta pero sin olvidar que usted ya tiene problemas visuales y que no es ni Rivaldo ni Chilabert. Por último, después de lanzado el esférico, su colaborador debe encomendarse al santo de su preferencia, pues a pesar de no ser ni Rivaldo ni Chilabert, probablemente usted se crea Roberto Vagio disparando un penal.
            Si patea el balón con el pie derecho, obviamente usted es diestro de piernas. De resultar que el pedal dañado no es incompatible con la pierna de su preferencia usual, deberá entrenarse hasta que así lo sea. Es decir, si el pedal dañado es el derecho y usted es diestro pernilmente hablando, haga el ejercicio futbolístico hasta que termine pateando con la izquierda o se harten sus amigos, familiares, vecinos o compañeros de trabajo de perseguir balones.
            La incompatibilidad pedal y pierna tiene como resultado que usted al pedalear haga mayor esfuerzo sobre el pedal aún no dañado; así la pieza afectada sufrirá menos deterioro y se alargará su precaria y frágil vida media. Pero.
            Sabemos que usted ahora destina la mensualidad de su antiguo auto en el pago de la parte de la hipoteca responsabilidad de su cónyuge recientemente despedido y que el dinero destinado a sufragar el costo del combustible, ahora lo dirige a subsanar el alza inflacionaria en la canasta básica familiar. Sin embargo, ¿se acuerda de lo gastado en lubricante? Ahorre dicho fondo. Mire que se lo estamos advirtiendo a tiempo. Con la fuerza extra que usted va a imprimir sobre el pedal todavía sano, éste tardará poco en pasar a pedal dañado; así que, tarde o temprano, tendrá que realizar una inversión y comprarse dos nuevos pedales. 

domingo, 27 de abril de 2014

AL FINAL FUE LA PALABRA

El jefe de la manada

De niño, en las veredas de mi jardín, la lujuria y el delito jamás dejaron huellas. Sus pasos quizás eran, quizás, retumbos antiguos, nunca hierro y piedra. Allá sólo había orquídeas, mangos y un sabio cocotero; el compañero de las parejas que estrellaban contra la tierra los inútiles reparos.
            Tuvieron que aparecer las sotanas para que el pecado recalara en mi vergel. Yo no lo conocía, un cura me lo presentó el día que prohibió el centelleo de pieles. ¡Adiós susurros en el palmar! Y ya no hubo parejas, sino machos, hembras y lechos plenos de obligaciones. El día que llegó la virtud eclesial a mi antiguo patio de colores, los sacerdotes celebraron con cincuenta y nueve misas y ochenta y tres procesiones.
            Al arribo del policía, la parcela de los mangos pasó de rincón de chiquillos a tugurio de infractores. El tolete policiaco, cual vara nigromante, convirtió la cosecha de la fruta en delito. Él, el policía, me enseñó a robar. El día que llegó el orden policial a mi campo en flor, los policías celebraron con cuarenta redadas y setenta y tres operativos.
            Con el abogado la cosa no fue mejor. Un edicto reglamentario logró que la sencillez pariera embrollos. Él, el abogado, interpuso un papel entre cónyuges, hermanos y vecinos, y aprendí una nueva palabra: demanda, y olvidé una vieja palabra: convivencia. El día que llegó la tramitación legal a mi prado de aromas, los abogados celebraron con noventa y seis procesos y veintiuna diligencias fiscales.
            Derribaron muchos árboles para fabricar tanto cartón consumido en los letreros de prohibido, tanto barrote usado en las cárceles y tanto papel de resoluciones judiciales. Y un buen día las figuras llenas de censuras, al ritmo de un sermón, transformaron el huerto de palmas y orquídeas en llamas, humo, ceniza. A veces me cuesta recordar como eran los Dendrobios.
            En mi infancia, delito y lujuria eran voces desconocidas. Curas, policías y abogados me las enseñaron. El día del incendio tuve que despedirme de vivir con la piel expuesta a las falanges de la brisa, de las orquídeas, de los mangos y del más sabio cocotero. En nombre de la virtud, la ley y el orden aún inhalo ceniza de flores. Pero aprendí a cubrirme con un sayal.
            El jardín ya no fue mío. Era del hambre de las carabelas y de las codicias de la caña. Era de ellos, de los que me hablaron de lujuria y delito, y así fue hasta que la huerta parió una palabra jamás antes pronunciada. No sé como, entre tanta esterilidad, germinó ese roce de sílabas, pero creció hasta ser espiga de mazos.
            Sotanas, toletes y edictos cerraron sus oídos y aún así la palabra brilló, caminó, encontró, amó y engendró chiquillos vivarachos y sedientos de inmortalidades. Y los sordos por vocación que usurparon miel y polen, ya nunca más reinaron.

Una palabra jamás antes pronunciada los echó de la huerta.

domingo, 20 de abril de 2014

REGRESA

Gato posando

Regresa, todavía hay rostros que resienten tu distancia.
            Rostros que precisan despeinarse, chocar contra el viento y archivar las arrugas en la última gaveta; rostros faltos de mejillas con alas que puedan volar sobre los lagos azabaches, esos donde duerme la memoria sumergida en sal.
            Rostros que precisan construir hogares y no edificios inteligentes, caminar en las marchas y no reprimirlas, dar el vuelto exacto y hallar en el diccionario la palabra ministerio; rostros que quieran pregonar más el Domingo de Pascua y menos el Viernes Santo.
            Rostros que precisan entender que las ventanas son para la luz y no para el espionaje, que la gente es gente y no chequera; rostros adictos que necesitan desistir de la velocidad.
            Rostros que precisan buscar dientes de leche insertos en una boquita, el coraje de no traicionarse, vivir sin ocultar la luz, morir sin buscar la muerte, vivir sin imitar al murciélago; rostros que precisan desplomarse en soledad antes que permanecer hediondos a orines de gusano.
            Regresa, esos rostros ya no son ajenos sino tuyos e insisten en buscarte en el cristal. Ellos te darán lo bello. No sabrán cómo, no tendrán idea, pero te cumplirán.
            Regresa, todavía hay rostros que resienten tu distancia.  

domingo, 13 de abril de 2014

QUIERO VER

Gato arbóreo

Pasaba el Maestro por la vía de la Consolación. Allí Jericó el ciego acostumbraba pedir limosnas. Obviamente, cualquier paseo del Maestro provocaba algarabía o por lo menos un intenso susurro de voces y pasos. Eran muchos sus seguidores. El rumor provocó que Jericó preguntara que ocurría. Le respondieron que el Maestro transitaba por la vecindad y el ciego abandonó sus pocos trastos y las pocas monedas cosechadas del bolsillo de los piadosos y gritó: ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Líbrame de la amargura!
Jericó vociferaba e intentaba acercarse al Maestro. Los discípulos le bloqueaban el paso y hasta pretendían callarlo; uno incluso le cubrió la boca con la mano, mano a la cual Jericó le hincó los dientes con mucha fuerza. El grito de ay del atrevido fue suficiente para llamar la atención del mentor. Después de escuchar las explicaciones pertinentes, el Maestro preguntó a Jericó: ¿Y cómo puedo librarte de la amargura? Enséñame a ver, contestó el limosnero.
El Maestro sopesó por un instante la petición del ciego, sonrió y aceptó complacerlo. Quieres ver, entonces verás. Aleja de tu corazón los espejismos y las sombras huirán de tus ojos. Dicho y hecho. No bien Jericó había cumplido las indicaciones cuando la luz inundó sus pupilas.
Y Jericó vio. Vio el rostro compasivo del Maestro. Vio las caras sonrientes de los discípulos. Vio sus propias manos y la mano mordida del atrevido que intentó callarlo. Vio las frentes sudorosas y trabajadoras. Vio los ojos colmados de fe de los testigos del milagro. Pero también vio miradas repletas de envidia. Vio cuellos estirados. Vio rostros llenos de desprecio que parecían preguntarse el por qué el maestro lo complació. Vio recogerse las manos que antes se extendían atiborradas de monedas. Y Jericó vio tantas cosas que sólo pudo preguntar: ¿Y si me arrepiento? El Maestro no le contestó.