Me muevo al margen...

Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...

domingo, 11 de mayo de 2014

INSTRUCCIONES PARA MONTAR UNA BICICLETA CON UN PEDAL DAÑADO

Atento

INSTRUCCIONES PARA MONTAR UNA BICICLETA CON UN PEDAL DAÑADO
La crisis arrecia y ya no es posible mantener el ritmo consumidor. Los indicativos así lo indican: Se redujo el número de automóviles en las calles, aumentaron los ciclistas en las mismas y por último, ¡Lo último!, Creció la población de bicicletas con pedales dañados. Razones hay, desde aterrizajes forzosos y laterales, hasta sobrepeso de los usuarios, sin olvidar las pequeñas colisiones al intentar estacionar de un tirón las bicicletas en las aceras.
            Esta peculiar situación nos motiva a lanzar una campaña para el uso eficaz y eficiente de las bicicletas en dichas condiciones. Sin duda, en eso de dar consejos, somos muy acertados.
            Antes de cualquier acción verifique la incompatibilidad entre el pedal roto y su pierna de uso preferencial. Debe asegurarse que si el pedal dañado es el derecho, usted sea zurdo de extremidades inferiores. Eso es fácil. Para saber cuál es el pedal dañado de la bicicleta, colóquese frente a ella asiendo el timón con ambas manos, tal como si tomara por los cuernos a un ejemplar del género vacuno; si el pedal dañado lo observa del lado de su extremidad superior derecha, entonces, el pedal estropeado es el izquierdo. No olvide el efecto espejo.
            Para saber si usted es zurdo o diestro de piernas, basta con solicitarle a algún vecino, familiar, amigo o compañero de trabajo, que le arroje un balón de fútbol y así poder observar con cuál pie reacciona y patea el susodicho balón. Quien lo ayude debe instalarse frente a usted a unos seis metros con veinticuatro centímetros; milímetros más, milímetros menos, no importa, despreocúpese por la exactitud. Luego lanzarle el balón en dirección a sus pies en una elíptica de elevación no mayor a dos veces y un cuarto su propia altura y no menor a su propia altura y tres cuartos. O sea, si usted mide 1.64 metros el balón debe elevarse entre 2.87 y 3.69 metros. Recuerde, milímetros más o milímetros menos, no se afane por la exactitud. El balón debe viajar con fuerza para vencer la atracción gravitatoria del planeta pero sin olvidar que usted ya tiene problemas visuales y que no es ni Rivaldo ni Chilabert. Por último, después de lanzado el esférico, su colaborador debe encomendarse al santo de su preferencia, pues a pesar de no ser ni Rivaldo ni Chilabert, probablemente usted se crea Roberto Vagio disparando un penal.
            Si patea el balón con el pie derecho, obviamente usted es diestro de piernas. De resultar que el pedal dañado no es incompatible con la pierna de su preferencia usual, deberá entrenarse hasta que así lo sea. Es decir, si el pedal dañado es el derecho y usted es diestro pernilmente hablando, haga el ejercicio futbolístico hasta que termine pateando con la izquierda o se harten sus amigos, familiares, vecinos o compañeros de trabajo de perseguir balones.
            La incompatibilidad pedal y pierna tiene como resultado que usted al pedalear haga mayor esfuerzo sobre el pedal aún no dañado; así la pieza afectada sufrirá menos deterioro y se alargará su precaria y frágil vida media. Pero.
            Sabemos que usted ahora destina la mensualidad de su antiguo auto en el pago de la parte de la hipoteca responsabilidad de su cónyuge recientemente despedido y que el dinero destinado a sufragar el costo del combustible, ahora lo dirige a subsanar el alza inflacionaria en la canasta básica familiar. Sin embargo, ¿se acuerda de lo gastado en lubricante? Ahorre dicho fondo. Mire que se lo estamos advirtiendo a tiempo. Con la fuerza extra que usted va a imprimir sobre el pedal todavía sano, éste tardará poco en pasar a pedal dañado; así que, tarde o temprano, tendrá que realizar una inversión y comprarse dos nuevos pedales. 

domingo, 27 de abril de 2014

AL FINAL FUE LA PALABRA

El jefe de la manada

De niño, en las veredas de mi jardín, la lujuria y el delito jamás dejaron huellas. Sus pasos quizás eran, quizás, retumbos antiguos, nunca hierro y piedra. Allá sólo había orquídeas, mangos y un sabio cocotero; el compañero de las parejas que estrellaban contra la tierra los inútiles reparos.
            Tuvieron que aparecer las sotanas para que el pecado recalara en mi vergel. Yo no lo conocía, un cura me lo presentó el día que prohibió el centelleo de pieles. ¡Adiós susurros en el palmar! Y ya no hubo parejas, sino machos, hembras y lechos plenos de obligaciones. El día que llegó la virtud eclesial a mi antiguo patio de colores, los sacerdotes celebraron con cincuenta y nueve misas y ochenta y tres procesiones.
            Al arribo del policía, la parcela de los mangos pasó de rincón de chiquillos a tugurio de infractores. El tolete policiaco, cual vara nigromante, convirtió la cosecha de la fruta en delito. Él, el policía, me enseñó a robar. El día que llegó el orden policial a mi campo en flor, los policías celebraron con cuarenta redadas y setenta y tres operativos.
            Con el abogado la cosa no fue mejor. Un edicto reglamentario logró que la sencillez pariera embrollos. Él, el abogado, interpuso un papel entre cónyuges, hermanos y vecinos, y aprendí una nueva palabra: demanda, y olvidé una vieja palabra: convivencia. El día que llegó la tramitación legal a mi prado de aromas, los abogados celebraron con noventa y seis procesos y veintiuna diligencias fiscales.
            Derribaron muchos árboles para fabricar tanto cartón consumido en los letreros de prohibido, tanto barrote usado en las cárceles y tanto papel de resoluciones judiciales. Y un buen día las figuras llenas de censuras, al ritmo de un sermón, transformaron el huerto de palmas y orquídeas en llamas, humo, ceniza. A veces me cuesta recordar como eran los Dendrobios.
            En mi infancia, delito y lujuria eran voces desconocidas. Curas, policías y abogados me las enseñaron. El día del incendio tuve que despedirme de vivir con la piel expuesta a las falanges de la brisa, de las orquídeas, de los mangos y del más sabio cocotero. En nombre de la virtud, la ley y el orden aún inhalo ceniza de flores. Pero aprendí a cubrirme con un sayal.
            El jardín ya no fue mío. Era del hambre de las carabelas y de las codicias de la caña. Era de ellos, de los que me hablaron de lujuria y delito, y así fue hasta que la huerta parió una palabra jamás antes pronunciada. No sé como, entre tanta esterilidad, germinó ese roce de sílabas, pero creció hasta ser espiga de mazos.
            Sotanas, toletes y edictos cerraron sus oídos y aún así la palabra brilló, caminó, encontró, amó y engendró chiquillos vivarachos y sedientos de inmortalidades. Y los sordos por vocación que usurparon miel y polen, ya nunca más reinaron.

Una palabra jamás antes pronunciada los echó de la huerta.

domingo, 20 de abril de 2014

REGRESA

Gato posando

Regresa, todavía hay rostros que resienten tu distancia.
            Rostros que precisan despeinarse, chocar contra el viento y archivar las arrugas en la última gaveta; rostros faltos de mejillas con alas que puedan volar sobre los lagos azabaches, esos donde duerme la memoria sumergida en sal.
            Rostros que precisan construir hogares y no edificios inteligentes, caminar en las marchas y no reprimirlas, dar el vuelto exacto y hallar en el diccionario la palabra ministerio; rostros que quieran pregonar más el Domingo de Pascua y menos el Viernes Santo.
            Rostros que precisan entender que las ventanas son para la luz y no para el espionaje, que la gente es gente y no chequera; rostros adictos que necesitan desistir de la velocidad.
            Rostros que precisan buscar dientes de leche insertos en una boquita, el coraje de no traicionarse, vivir sin ocultar la luz, morir sin buscar la muerte, vivir sin imitar al murciélago; rostros que precisan desplomarse en soledad antes que permanecer hediondos a orines de gusano.
            Regresa, esos rostros ya no son ajenos sino tuyos e insisten en buscarte en el cristal. Ellos te darán lo bello. No sabrán cómo, no tendrán idea, pero te cumplirán.
            Regresa, todavía hay rostros que resienten tu distancia.  

domingo, 13 de abril de 2014

QUIERO VER

Gato arbóreo

Pasaba el Maestro por la vía de la Consolación. Allí Jericó el ciego acostumbraba pedir limosnas. Obviamente, cualquier paseo del Maestro provocaba algarabía o por lo menos un intenso susurro de voces y pasos. Eran muchos sus seguidores. El rumor provocó que Jericó preguntara que ocurría. Le respondieron que el Maestro transitaba por la vecindad y el ciego abandonó sus pocos trastos y las pocas monedas cosechadas del bolsillo de los piadosos y gritó: ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Líbrame de la amargura!
Jericó vociferaba e intentaba acercarse al Maestro. Los discípulos le bloqueaban el paso y hasta pretendían callarlo; uno incluso le cubrió la boca con la mano, mano a la cual Jericó le hincó los dientes con mucha fuerza. El grito de ay del atrevido fue suficiente para llamar la atención del mentor. Después de escuchar las explicaciones pertinentes, el Maestro preguntó a Jericó: ¿Y cómo puedo librarte de la amargura? Enséñame a ver, contestó el limosnero.
El Maestro sopesó por un instante la petición del ciego, sonrió y aceptó complacerlo. Quieres ver, entonces verás. Aleja de tu corazón los espejismos y las sombras huirán de tus ojos. Dicho y hecho. No bien Jericó había cumplido las indicaciones cuando la luz inundó sus pupilas.
Y Jericó vio. Vio el rostro compasivo del Maestro. Vio las caras sonrientes de los discípulos. Vio sus propias manos y la mano mordida del atrevido que intentó callarlo. Vio las frentes sudorosas y trabajadoras. Vio los ojos colmados de fe de los testigos del milagro. Pero también vio miradas repletas de envidia. Vio cuellos estirados. Vio rostros llenos de desprecio que parecían preguntarse el por qué el maestro lo complació. Vio recogerse las manos que antes se extendían atiborradas de monedas. Y Jericó vio tantas cosas que sólo pudo preguntar: ¿Y si me arrepiento? El Maestro no le contestó.

domingo, 6 de abril de 2014

LA AUSENCIA SE HIZO MURALLA

Cenando

La ausencia se hizo muralla y sobre ella colgamos los impermeables después de vitorear los tranques y antes de vestirnos con silencios. Cuarenta termitas caminan por mi espalda mientras tu angustia espera el próximo aguacero. Y sólo espero comprar suficientes cirios para quemar un poco lo nublado y rogar que sea lo gélido quien haga temblar las mandíbulas y no el miedo a una vejez sin siquiera discusiones.
            La ausencia se hizo muralla y sin embargo hubo un tiempo que dimos hospedaje al cariño y a toda su familia; fuimos sus anfitriones y ellos nos guiaban a las nueve de la noche, cuando tus pechos rozaban mi pecho; así fue hasta que la lluvia los echó de la casa que antiguamente era nuestro hogar y ahora parece nuestra cárcel.
            La ausencia se hizo muralla, pero aún creo que a pesar de la humedad es posible el regreso. Si tan sólo pudieras escucharme sin hundir tus oídos en el lodo rabioso. Si tan sólo pudiera besarte sin imaginar el mármol y el granito. ¿Por qué no me ayudas a olvidar las manchas de negación? ¿Por qué no quiebras las reticentes tijeras? ¿Por qué no huimos del techo carcomido que amenaza con caerse? La soledad promete visitarnos con el próximo chubasco y cada sollozo enclaustrado se convierte en cemento, ladrillo.
            La ausencia se hizo muralla y sólo espero que cuando escampe, todavía nos sobre tiempo para que un dedo camine sobre la primera arruga y no sólo seamos cónyuges, sino también amantes.

            La ausencia se hizo muralla y sólo espero que cuando escampe se marchen la angustia y sus termitas y mi pedúnculo por fin, vuelva a crecer hasta tu cáliz y tus dedos tornen a cantar la música arrancada con tus uñas, al pentagrama de mi cuerpo.

domingo, 30 de marzo de 2014

EL ATRAPASUEÑOS


Tengo muy mala memoria. Pésima. Difícilmente puedo acordarme que desayuné en la mañana. Menos que soñé la noche anterior. ¿Sabes lo desagradable que es despertarse alterado y desconocer el porqué? ¿Abrir los ojos desbordando alegría y no poder transmitirla por ignorar la causa? Así era mi vida. Ya no lo es. Sí, ahora puedo relatar mis sueños, comprar los números de la lotería de acuerdo a lo soñado y visitar al sicoanalista sin ninguna dificultad onírica.
Es que un día, mientras deambulaba entre los kioscos de Salsipuedes, me topé con un buhonero muy particular. Un indígena iroqués proveniente de alguna región de la fría Canadá. Por lo que hablamos en mi torpe inglés y en su corto español deduje que además era un chamán, una especie de mago. Rápido ganó mi confianza y terminé contándole mi dilema con los sueños.
Después de escucharme con mucha atención, trasteo entre sus baratijas y me mostró unos aros adornados con lazos y tejidos. Dijo que se llamaban atrapasueños y que al colocarlos sobre la cabecera de la cama servían precisamente para eso: atrapar sueños.
Desde aquella tarde gozo de mis sueños y me asusto con las pesadillas. Claro que eso lo hago en diferido. Cada mañana al despertarme tomo el atrapasueños en mis manos y veo, como quien ve televisión, mis sueños de la noche anterior.
Casualmente anoche tuve este sueño: Yo era un mensajero y llevaba una valija llena de billetes y un tipo me atracó. Se me fue por detrás y me sorprendió. Comencé a chillar, a berrear y a lamentarme: Que si perdía la plata me botaban. Que si me botaban mi mujer me mataba. Que si mi mujer me mataba mis hijos quedaban huérfanos. Que si mis hijos quedaban huérfanos se convertirían en criminales. Que si mis hijos se convertían en criminales irían a buscar al tipo que asaltó a su padre y lo matarían y que sería lentamente. El tipo, no sé si aburrido de mi cantaleta o por miedo a la venganza llevada a cabo por mis pequeños niños, no me asaltó.
¡Qué sueño más raro! Ni siquiera tengo hijos.
También soñé que el patito feo ya no lo era. Soñé que vivía en la Ciudad Luz y era modelo de alta costura y que triunfaba en las pasarelas. Tengo muy mala memoria. Pésima. Pero ya puedo recordar hasta mis pesadillas. Por las tardes llevo mi atrapasueños al parque y allí comparto mis sueños con alguien que pronto se interesa en contarme los suyos.

domingo, 23 de marzo de 2014

CARTA A MANDY DESDE EL PARAÍSO

CARTA A MANDY DESDE EL PARAÍSO
Cerro Patacón, 27 de febrero de 2002

Mi muy querida Mandy:

¿Cómo está mi cucaracha preferida? ¿Bien? Cuanto me alegro. Te mando estas líneas para saludarte y desear que estés rodeada por tus 3 458 hijas, nietas, bisnietas y tataranietas. Sé lo difícil que es eso. Con tanta fumigación espero que el número de tu familia no se vea exageradamente mermado.
Te cuento prima que por acá me va muy bien. Esto es el paraíso. Hay montañas de basura. Tanta que las ratas ni me voltean a ver. Nunca tengo que preocuparme porque alguna de ellas me quiera cenar. Y lo mejor de todo: Nadie anda persiguiéndome apurado a destriparme con una chancleta.
Mudarme fue lo mejor que pude hacer. Espero que tomes en serio mi invitación a convertirte en mi vecina junto con tus muchas hijas, nietas, bisnietas y tataranietas. Tan sólo tienen que imitarme. Llegué aquí montado en un camión recolector de basura y te digo que el viaje es bastante seguro y entretenido. Hazlo pronto y antes de la próxima fumigación.

Con cariño

Mingo