Me muevo al margen...

Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...

sábado, 4 de enero de 2014

Y desde el margen un cuento de mi cuarto libro:

Puente y espejo

TRISTE BEBIDA PARA LOS GUAYACANES


            Parecía un viaje más hasta que nos topamos con un inoportuno embotellamiento. Sentado al lado de la ventana de uno de los primeros asientos, observaba a través del parabrisas del autobús como avanzaba lentamente la fila de coches. Primero me enojé y luego, exasperé por la demora. El pesado bus adelantaba unos cuantos metros y frenaba, sacudiendo nuestros cuerpos como mangos en árbol apedreado por chiquillos. ¡Que necedad! Avanzar, frenar...y el remezón. Las luces de frenos de los autos que nos precedían, estaban semiocultas por el humo de sus escapes: Humo con sabor azul ocre y color soso amargo. En caída libre el sol chocaba contra el pavimento, transformándolo en una extensa caldera. Dentro del bus, se respiraba una mezcla de aburrimiento y aire húmedo. El tiempo avanzaba...frenaba...y agitaba sus minutos. Una isleta sembrada de guayacanes floridos, dividía en dos la avenida; sus pétalos caídos parecían alfombra tendida bajo los pies de la tostada tarde. Con pausa nos fuimos acercando a un auto blanco metido en la isla; era como un gran cebú tirado en el pasto, con la testa de cristal hecha añicos. Su conductor y un pasajero conversaban dentro del automóvil. Para ver mejor, saque la cabeza por la ventanilla y constaté la diferencia entre el aire hervido interno al bus y la atmósfera asada de afuera. Estiré el cuello y allí lo vi, acostado al pie de un guayacán: los brazos en cruz, la pierna derecha recogida y la otra estirada, ambas sin zapatos. Una aureola de sangre rodeaba su cabeza. Nunca olvidaré que cuando el bus se detuvo a su lado, sus ojos opacos y los míos parecieron encontrarse. Esa tarde joven, vi como los guayacanes se conmovieron al ver su diluida alfombra, manchada de bermellón. Un agrio bocado les tocó engullir, plasma coagulado de dolor; el asco hizo palidecer sus hojas, ramas y troncos. No pude resistir la tentación de bajar del bus e investigar los por menores. Ella estaba al lado del cuerpo en una actitud muy extraña; le hablé y según me dijo, lo vio todo, bueno, casi todo. Me contó que ambos tenían la intención de cruzar la ardiente calle. Él se adelantó y le faltaban unos cuantos pasos. Ella no se decidía, pues una brisa impertinente intentaba levantarle la falda; solamente oyó un estallido sordo y al levantar la vista, él caía en pleno césped. Sin importar el espectáculo de la falda, corrió lo más veloz que pudo, tratando de ganarle a la de los ojos de abismo. Se apuró...si...como se apresuró. Sin embargo cuando llegó a su diestra, ya la mariposa de las alas de viento había volado. Puso la mano muy suave sobre su pecho aún tibio, tomó sus despeinados calzados y los apretó contra su seno mientras los tristes guayacanes, con su tapete salpicado de bermellón y raíces borrachas de ruina, lloraron pétalos de colores sobre el cuerpo.
            Yo estaba allí ¿acaso se te olvida? Fue cosa del destino. El destino tuvo la culpa, tú no. La velocidad en esta zona es de setenta y apenas ibas a setenta y cinco. No bebiste ni una sola gota de licor, no lo has hecho; tampoco manejabas con desorden, soy testigo de ello. Casualidad que al acercarte, el neumático delantero izquierdo reventó tirando el carro hacia donde él se encontraba. Trató de esquivarte pero el golpe fue peor, en vez de pegarle con un costado lo agarraste de frente: defensa, parabrisas, capota, baúl; finalmente, suelo. ¡Que porrazo! Sin verlo ya me imagino su estado. ¡No! Escucha, no eres responsable, te juro que fue un accidente, te lo juro. ¿Cómo se te ocurre hacer esas comparaciones? Este percance no tiene nada en común con el otro. Aquella vez: una fiesta de fin de semestre, algo de cerveza, un poco de cansancio acumulado, conducir sin otra persona con la cual conversar, un segundo de sueño y despertaste con el golpe. Huiste lleno de pánico al ver manchado su trajecito. Por supuesto que lo hiciste. ¿Donde estaba la madre? Apenas eras un estudiante ¿Que podías hacer? Ir a la cárcel no le devolvería la vida. Truncar tu carrera ¿Con que provecho? Si, si, quizás tuviste algo de culpa, tal vez... ¡pero esta vez no! Un reventón, una llanta explotó y te sorprendió ¿quién puede prevenir algo tan casual? Convéncete, fue un accidente. El auto se dirigió hacia él y no hubo tiempo para reaccionar. ¡Te juro que fue un accidente! Sacúdete los vidrios de la camisa. Es más fácil si te sueltas el cinturón. No, no. Dudo que haya algo útil que hacer. Esta bien, esta bien, ya que insistes, vamos a ver. No creo que me guste, pero vamos.

            No me gusta y no entiendo. No se por qué hacen tanta alharaca, total, así es la vida. A cualquiera le puede ocurrir un incidente. Con cosas más importantes que hacer y pierden el tiempo curioseando. ¡Morbosos! En vez de ayudar, están allí... mirando. Yo no puedo perder tiempo, no puedo darme ese lujo. Por los reajustes estoy en la calle y ahora mi trabajo es buscar empleo. Tengo mujer y tres niños a los cuales no abandonaré, aunque a veces me entran ganas de huir. Estábamos tan bien y ahora no les doy buena vida. Los dos mayorcitos iban a la escuela particular, tuve que cambiarlos a la pública. No les estoy dando la vida que se merecen y por eso la Maida buscó trabajo en un almacén. Mi orgullo y mi bolsillo, al respecto, tienen opiniones contrarias. Por más empeño que pongo la suerte no me acompaña, sólo trabajos eventuales. La única buena suerte fue ganar una oferta, un seguro de vida por un mes. Claro, esperan que después del plazo lo siga pagando. ¿Con qué? ¿Con cascarita de huevo? Conmigo no cuenten. La situación puede mejorar. Acabo de tener una entrevista donde me dieron esperanzas, casi seguridad. Volveré a trabajar, seré de nuevo el jefe de la casa y ya no tendrá que trabajar mi mujer. Ahora debo levantarme y ordenar las cosas, no puedo desperdiciar tiempo. ¡Ah! No me puedo mover. Y siguen allí, mirando. Vayan a hacer algo útil en vez de estar aquí alimentando su curiosidad. Morbosos, eso es, morbosos entrometidos que se deleitan en observar los contratiempos ajenos. Sí, especialmente ese cabezón de rostro sudado que me miraba desde la ventanilla del bus y ahora está aquí, junto a la loca que robó mis zapatos.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Y desde el margen un cuento de mi cuarto libro:

VÉRTIGO

            Cuando desperté estaba cayendo. Lo que yo suponía un mal sueño, resultó ser la más grave de las realidades, la más impune, la  inexplicable.
            A pesar de no divisar aún el suelo, sentía su rápida aproximación; el viento hacía vibrar mis orejas, provocando un zumbido que servía de aburrido fondo. La sensación del vacío parecía plegarse y formar pólipos en mis intestinos; presentía que la nada me lamía la piel.
            ¿Por qué? ¿Por qué estoy cayendo? ¿Acaso el aire no es únicamente para el batir de alas? ¿Acaso yo tengo alas?
            El pánico me hizo vomitar un grito en cámara lenta y tercera dimensión. Un grito contrastante con el zumbido de mis orejas; era como un solista policolor acompañado por un coro monotonal. El vértigo de la caída me pareció una ola que viajaba desde las uñas de mis pies hasta la curva de mis rizos, enredándose de paso en las paredes de mi estómago. Tantos años sobreviviendo y ahora sobremuero mi fin.
            Luego de sumergirme en un banco de nubarrones, la náusea me atormentó menos. Sentí el rocío fresco envolviendo mis sienes y alejando de ellas el malestar.
            Mi abuelo gustaba de caminar bajo la lluvia, alzar la cara y que las gotas después de estrellarse caminaran por el mapa de sus mejillas. Los placeres del abuelo eran los disgustos de la abuela: que si la ropa mojada, que si un resfriado, que si la pulmonía, que si el hospital, que si el cementerio. Al final la abuela tuvo razón, el viejo murió de pleuresía a los noventa años.
            Aún no acabo de comprender el por qué de este viaje acelerado, del vértigo tormentoso, de la máxima inseguridad. No sé el por qué, mucho menos cómo inició. Sólo sé que ahora se divisa el suelo, el final futuro, más cerca de lo deseado.
            La abuela sobrevivió nueve años a la muerte de su consorte. Nueve años de periódicas y puntuales citas médicas, nueve años de píldoras e inyecciones, nueve años donde nunca una gota de lluvia tocó algún punto de su cuerpo. Fueron nueve años extrañando la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro del abuelo, mientras ella con una toalla lo secaba.
            El suelo a pesar de su significado y probablemente por su lejanía, se me antojaba como un inmenso óleo. Muchos tonos de verdes y chocolates competían por llamar mi atención; en el horizonte, ahora nuevo, los azules bordeaban el blanco de las nubes que parecían colosos con sus brazos alzados en plegaria. El sol llenaba de rayas blancas el croquis del cielo y de manchas negras las espaldas de las colinas.
            Descubrí que al balancearme con ritmo, convertía en música el zumbido de mis orejas. Pude desenredar las náuseas de mi estómago, luego las digerí.
            De niño, junto a mi abuelo tuve la más grande de mis aventuras: un viaje en velero hasta isla Contadora. Inolvidable la danza del yate sobre el mar, los delfines saltando a estribor y la ensalada hecha con la sierra pescada en el ombligo de la tarde. Lo recuerdo parado en la proa, cortando el viento con su nariz, extendiendo los brazos y gritando:
            -Vuela hijo, vuela-.
            ¡Qué tipo era mi abuelo! 
            Todavía recuerdo las gotas caminando despacito por sus mejillas, su sonrisa satisfecha empapando la toalla de la abuela; incluso me acuerdo de su grito en el yate.
            Convencido de lo inevitable de mi encuentro con el suelo y aún así, sin ninguna desesperación, lancé un grito armónico con la nueva música de mis orejas, abrí los brazos y dejé libre mi pecho para el impacto, abrí los brazos y mis dedos rebanaron como queso el aire, abrí los brazos y grité:
            -abuelooo-.
            Abrí los brazos lo más que pude, abrí los brazos y estos... ....emplumaron.
            ¡Una brizna de hierba apenas rozó mi abdomen!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA NOTICIA

En fila

...Y en otro orden de noticias, reproducimos parte de las palabras que en horas de la tarde dirigió el Director del Departamento Nacional de Salud, a manifestantes agolpados en las puertas de su oficina. El motivo del mitin, fue protestar por la supuesta negligencia de ese despacho ante la rara epidemia que azota hoy en día nuestro terruño. Las palabras del señor director fueron del tenor siguiente:
            "...Así es conciudadanos, hemos sido otra vez invadidos; ahora por una enfermedad perniciosa que socava sobre todo la salud de nuestra infancia. Ya no se puede caminar por las calles sin toparse con algún contaminado de aspecto deprimente. Ya todos conocemos sus síntomas: molestias estomacales, fatiga, palidez y baja presión.
            El Presidente de la República en nombre del gobierno central ha pedido al pueblo una cuota de sacrificio, y hace un llamado a seguir las recomendaciones de salud. Primero, lavarse las manos por lo menos tres veces al día con detergente y agua tibia; segundo, disponer de la basura en bolsas plásticas y mantenerla aislada de moscas, cucarachas y otras alimañas. Hay que evitar la proliferación de mosquitos, limpiando calles y patios. Y lo primordial, hay que aislar a todo enfermo, para de esa forma evitar el contagio. Un enfermo en cuarentena no podrá propagar la enfermedad. ¡Ah! sepan que esa rara enfermedad no llegó accidentalmente a nuestras costas; escuchen bien, ella es parte de la guerra biológica que llevan adelante los subversivos. No me digan que es cosa del imperialismo, ¡patrañas!, es cosa de quienes quieren destruir nuestra democracia.

            El esfuerzo de nuestros investigadores ha sido grande y ya por lo menos han dado el primer paso para vencerla. Hemos encontrado la cura. La solución la tienen ustedes mismos en sus manos: ¡Coman tres veces al día, so pena de multa o arresto!”

martes, 26 de noviembre de 2013

LA PLAGA

La copa que no contiene

Ciudad Menhir.
            Año 2136.
            Hace 147 años apareció la plaga.
            Por las noches, para defenderse, los ciudadanos construyen retenes donde la esperan armados. Por las noches, para defenderse, los ciudadanos inundan la oscuridad con el sonido de las contiendas.
            Silcon es el jefe de los beligerantes; es un notable estratega y conoce bien la ferocidad de la plaga. Alrededor del ombligo tiene varias cicatrices que le recuerdan unos dientes antropófagos.
            A Menhir llegan pocos turistas, un viento de miedo los aleja. Uno de ellos llamado Tedrom, se sumó a la defensa de la ciudad. Viene del otro lado de la cordillera, atraído por las noticias de los desastres causados por la plaga.
            Al anunciar su deseo de pelear, recibió muchos aplausos de los ciudadanos; solamente Nutbra no lo felicitó. Uno y otro conversaron sobre lo desatinado de guerrear en los retenes, pero aún así, la curiosidad de Tedrom se mantuvo viva.
            Nutbra es un maestro dedicado ha estudiar a la plaga; sus hábitos, evolución y desarrollo son temas que domina de sobra. Él conoce su origen; ella es una mutación fruto del contacto con los vapores desprendidos por unos cristales al sublimarse. Un día observó una transformación y quedó muy impresionado;  desde entonces, procura alejar de las refriegas a las personas que nunca han visto a la plaga.
            Todo esto, excepto los detalles de la fisonomía de la plaga, Nutbra se lo contó a Tedrom; pero este insiste en hacer guardia, empujado  por la angustia que despierta el peligro de ser comido. Nutbra teme revelar con una palabra de más, lo que él considera el mayor perjuicio de la plaga.
            Caminaron juntos hacia un retén donde Silcon recibió alegre al visitante, tanto que improvisó algo con sabor a ceremonia militar al entregarle un arma de combate.
            Orondo con su fusil, Tedrom imaginaba vivir una aventura bélica; estaba listo a exterminar fría y serenamente a ratas, grillos, reptiles o cualquier peste que fuese la plaga.
            En la barricada, los ciudadanos parecen lobos prestos a libar sangre. Nutbra frente a ellos calla...el retén es para la guerra...pero no olvida la fisonomía de la plaga. Al tomar los guerreros sus posiciones, la espera muy delicadamente se viste con el chal del silencio. La luna sonríe a todo fulgor, dando suficiente luz para apuntar, disparar y no fallar.
            El espeso mutismo se diluyó, cuando la atmósfera se colmó de pequeños ruidos que se convirtieron en un gran escándalo al grito de allí vienen.
            Silcon pasándose la mano por el ombligo dio las órdenes pertinentes. Nutbra se persignó y apuntó con su rifle hacia donde se oía acercarse a la plaga; todavía lamentaba la presencia del forastero en el retén. Tedrom por su parte, sufría las consecuencias de un derrame de adrenalina en la sangre; el pulso acelerado ocasionaba un ruido de cascadas en sus oídos, impidiéndole escuchar claramente otras cosas.
            Entre bramidos se dejó ver la plaga y a una señal de Silcon, los ciudadanos con muy afinada puntería, empezaron a disparar; Nutbra también.
            Tedrom no pudo creer lo que veía, era espantoso conocer por fin a la plaga y verla morir...horrible. La curiosidad y el temor a ser comido, fueron superados en creces por nuevos y agobiantes

Sentimientos. Por un segundo cruzó su mirada con Nutbra, comprendiendo el afán de salvarlo de tal espectáculo. Se quitó la camisa y gotas de sudor aterido recorrieron zigzagueando su espalda. Un pequeño mareo le ascendió por las piernas hasta las sienes, un ligero malestar asustado por un espécimen de la plaga que saltando el retén, vino a morir a sus pies gracias a los tiros de Nutbra. Silcon sonrió y siguió disparando. Tedrom observó bien el cuerpo y ya no tuvo ninguna duda sobre que era la plaga. El visitante del otro lado de la cordillera, el turista que vino a deleitarse en sentimientos desagradables, sintió afectada su humanidad y estrangulando el cañón del fusil, dejó escapar un plañido y torpemente pudo balbucear: -pero si son niños...son sólo niños...-

domingo, 17 de noviembre de 2013

Y desde el margen un cuento de mi cuarto libro:

LA CARTA


            T. Rogers es un tipo de agradables modales y permanente sonrisa. En la escuela siempre dijeron que llegaría muy lejos pues era de los más inteligentes y creativos de la clase; posiblemente el número uno. Su ingenio era agudo y capaz de inventar lo imposible, su memoria competía con las mejores cámaras fotográficas, su elocuencia lo transformaba en un persuasivo hablador. Todas estas cualidades lo habían llevado a recorrer el país de frontera a frontera, instalarse en los más caros hoteles y relacionarse con grandes personalidades. También conocer muchas cárceles y a los más reconocidos criminales. T. Rogers era un estafador dedicado a vivir del esfuerzo pulmonar de sus congéneres.
            Cuanto se regodeaba de sus geniales ocurrencias, como la vez que vendió un pozo séptico asegurando que se encontraba bajo un hoyo de la capa de ozono y un efecto de ello era que el agua sucia se convertía en petróleo grado A, por no estar añejado; o cuando se le descompuso el auto a una doña: la convenció que empujara el carro mientras él, sentado tras el timón, lo arrancaba; bonita cara de la señora al verlo alejarse manejando. Pero acabado de salir de chirona y desplatado, no podía acostarse en sus laureles. Era urgente buscar una víctima. Ya tenía más o menos elegido a un viejo solitario de la bajada de El Llano. Vivía en una casucha de bloques repellados con moho negro y techo oxidado; en el patio la hierba casi cubría los restos de un carro; gracias a una ventana observó que en caso de incendio los muebles no darían mucho calor. Durante el tiempo que lo vigiló, el viejo siempre vistió con saco y corbata.
            Se acercó a la casa a la hora en que se encontraba el viejo. Después de las respectivas presentaciones y de otros preliminares, estuvieron conversando sobre el clima, la inflación en Uganda, el arte egipcio practicado por los mayas y por último, sobre el auto en el patio. Resultó ser un regalo de la hija del viejo antes de marcharse del país. El anciano acostumbraba sentarse dentro del auto y pasarse horas allí.
            Al timador le basto oír en donde se encontraba la niña para armar su artimaña; le contó al viejo que por razones de negocios, constantemente tenía que viajar hacia ese punto.
            Basándose en la fisonomía del viejo, hizo una descripción de su retoño. Habló, habló hasta el cansancio  y concluir que en uno de esos viajes, él conoció a la muchacha y que ella le dio una carta con la esperanza de que hallase al desaparecido anciano. Según él, la hija perdió la dirección del padre. Volvió el arrugado hombre a hablar del auto y de las horas que pasaba en él sentado, hasta aquel suceso. Al investigarlo, lo único que pudo recabar fue que años atrás encontraron un hombre muerto dentro del auto, supuestamente un vago. Rogers siguió hablando hasta el mareo y convencer al viejo de que le diera dinero para el taxi e ir a buscar la carta. El viejo accedió y le dio el costo de viajar en taxi ida y vuelta, de una punta a otra de la ciudad. Con la plata en la mano, se dirigió a una abarrotería cercana donde compró hojas, un sobre y un bolígrafo, todo por treinta y cinco centavos. En el mostrador redactó una carta:
            "Querido papá...espero te encuentres bien...perdóname no haberte escrito antes... para compensarte te envió una estufa, una lavadora y un refrigerador...debes pagar el flete y los impuestos aduaneros...te quiero..."
            Calculando el tiempo prudente, regresó a la casucha mientras pensaba:
            -Saco y corbata es igual a dinero.
            Al entregarle la carta, Rogers siguió hablando hasta agotar pero el viejo no le escuchaba; leía atentamente la carta, masticando cada letra antes de tragarla. La expresión del viejo se transformaba  a medida que avanzaba en la lectura. Una enorme sonrisa parecía borrar las grietas del pergamino de su cara.
            -Ya puedo ir, ya puedo ir...
            Decía el viejo en su alegría. Rogers conocedor del contenido de la carta, se arriesgó a cometer un desliz al comentarle al viejo lo del flete. Aún así el anciano continuaba saltando y cantando. Rogers sintió mala espina y creyó haber provocado la locura en el viejo.          
            -Ya puedo ir-cantaba el viejo con voz de aria y brincaba como párvulo en recreo escolar.
            Enojándose T. Rogers, le dijo firmemente al viejo de que se trataba la carta y de que no era que la bendita hija lo mandaba a buscar.
            -Mi hija ¿buscarme?
            Primero apareció en su rostro una leve sonrisa que creció hasta convertirse en una lluvia de cristalinas carcajadas, era tan contagiosa que hasta Rogers quedó riendo.
            -Pero ¿de que me estoy riendo?
            Tomó al viejo y lo sentó en una destartalada  silla y lanzó un discurso sobre el problema de la lectura comprensiva y su incidencia en el aprendizaje. Inverosímil que alguien con tantos años de edad, cuya conversación demostraba que se trataba de una persona culta, confundiera así la interpretación de una simple carta. Nuevamente le explicó lo del flete y la aduana, reiterándole que no se trataba de una petición de su hija para que fuera a vivir con ella.
            -No entiendes hijo, ya me puedo ir...
            -Viejo loco. La carta es para que pague los fletes.
            Nuevamente el discurso y la explicación, y esta vez estuvo a punto de confesarle el fraude. Pero no...Primero descubierto que confesar.
            -Viejo loco, esa carta no es un boleto de avión... 

            -No entiendes hijo, ya me puedo ir...ya no tengo que regresar a esta casa...ya tengo mi carta...alguien se acordó de mí... al fin alguien me escribió una carta...

sábado, 9 de noviembre de 2013

EL CASO DE LA CALLE 14

Acosado

Frente a mis ojos se transformó, se convirtió en una especie de perro negro de enormes colmillos amarillos; sus patas, con enormes garras grises, estaban cubiertos de callos rosados y su cola verde parecía de rata. No estoy loco y no crean que porque estoy viejo imagino cosas.
            La fama que tiene la calle 14 es la de ser una vía peligrosa, por lo cual es poco transitada. Durante el día es probable ser asaltado y en la noche, prácticamente un hecho. La calle 14 es el nicho ecológico de las hordas de la niebla pulverizada, por lo cual es sinónimo de robo y violación. Violación. En más de una ocasión los gritos inundaron el silencio de la noche. Hace poco una muchacha fue prácticamente majada a golpes y sólo un milagro podría salvarle la vida. ¡Quién sabe si ese milagro ocurrió!
Yo vi cuando esa cosa lo mató. Le mascó el cuello, la cara y el pecho. ¡Pobre tipo! Fue por lana y salió trasquilado.
            Dentro de las hordas uno de los peores sicarios es Cható, el de la cicatriz facial en forma de luna. Dicen que a sus víctimas les va peor cuando no tienen dinero encima, dizque para que el próximo atraco no olviden traerlo. Habitualmente, patrulla en la oscuridad de la calle 14 en busca de quienes le darán el tributo forzado que lo sumergirá en los vapores de la niebla pulverizada. Para ello se asegura que las luminarias de la calle siempre estén apagadas. Ha desarrollado un buen brazo de tanto apedrearlas.
            Hoy es una buena noche para fechorías: la luna atemorizada se esconde tras una pared de nubes y las estrellas  indiferentes fingen no verlo pasar. Hace un primer recorrido donde sólo se topa con el viejo Liopo, el desamparado del barrio, que buscaba un hueco donde dormir. Siempre en la sombra y al acecho, se envalentona con monte mientras los perros aúllan a la luna escondida.
            Pasada la media noche, alguien dobla por donde empieza la calle 14. Por las sombras, Cható no pudo distinguir bien y decidió acercarse cautelosamente. Como una pantera, recortó la distancia en silencio y pudo percatarse de que se trataba de una mujer joven. Esto aceleró sus instintos y tensó sus músculos ansiosos por atacar.
No sé si fue cosa de la justicia divina o de un pacto con el diablo, pero sí sé que fue horrible.

            A la distancia correcta se abalanzó sobre su presa. La luna queriendo ser testigo salió de su escondite, mientras las estrellas engordaron sus miradas. El espectáculo parecía que estuviese ocurriendo en una selva y no en la ciudad, entre animales y no entre personas: Él encima de ella trataba a golpes de callar sus gritos, a su vez las flechas del miedo cerraban las ventanas de las casas vecinas. Ya en posición, los rayos de la luna acariciaron el rostro golpeado de la joven; Cható reconoció aquella cara que ahora le sonreía misteriosamente...

domingo, 3 de noviembre de 2013

Y desde el margen un cuento de mi cuarto libro



Tropa y dos oficiales

UN RÁPIDO VIAJE




Hoy se acaba esto. Ya vera ese muchacho quien soy yo. No por gusto me llamaban el Rompevallas.

            Orvin es un muchacho metódico y muy creativo en lo que fastidiar vidas ajenas se refiere. Empezó de pequeño con sus padres y hermanos; luego, en el colegio, adquirió experiencia valiosa al practicar con sus profesores y compañeros de estudios. Hoy a los diecinueve años, está pronto a doctorarse en tormentos intensivos, al hacerle imposible la existencia a un pepenador que recoge latas por el residencial.

            Si señor, Rompevallas, el más fuerte bateador de La Hondonada. Tuve mis momentos de gloria, en especial cuando bateaba y la bola pasaba por encima de la cerca.

            Al principio, siempre lo esperaba oculto en la misma esquina. Después añadió la sorpresa y escondido en diferentes rincones, lo atacaba e inmediatamente se daba a la fuga. A veces pasaba indiferente a su lado y a cierta distancia, ¡zas! Por último, optó por el descaro y desde cualquier balcón o azotea prestada por algún cómplice, bombardeaba al recoge latas con certeros tomates e hirientes carcajadas.

            Recuerdo el partido en que me enfrenté al mejor lanzador de La Hondonada: Nando Bola Tibia. Me tenía loco con su curva; cuando llegamos a la cuenta máxima, lanzó su famosa recta. Cerré los ojos y bateé; los abrí con el tuc del bate, vi la bola elevarse y pasar por encima de las gradas. Nunca he vuelto a sentirme tan bien como en esa ocasión.

            Según Orvin y sus compinches, el pepenador descuadra con las calles barridas y los árboles podados del residencial; sobretodo cuando rompe las bolsas de basura en busca de latas y otros objetos. 

            Ya verá ese patán. Esta tabla servirá. Cuando me tire sus tomates, se los voy a regresar a punta de batazos.

            Además de su espíritu sádico y de la complicidad de los residentes, Orvin tenía otros móviles para su proceder. Una noche sentado en la acera, bebía cerveza en compañía de otros muchachos; al ver a su víctima transitar por el otro lado de la calle, Orvin le arrojó una lata a medio beber. El paria la recogió, cruzó la calle y mirándolo a los ojos, vació su contenido, la estrujó con una mano y la dejó caer al suelo. Luego se marchó con una sonrisa de dientes careados.

            Hoy le voy a demostrar quien soy, quien es Rompevallas.

            Orvin y una docena de tomates aguardaban en el balcón de una de sus patrocinadoras. No tardó mucho en aparecer el esperado y pronto estuvieron frente a frente. La dueña de la casa al ver al desarrapado con una tabla, llamó a la policía. El muchacho desde la altura miraba a su contendiente y manoseaba un tomate. Rompevallas soltó el saco y comenzó a abanicar el aire con la tabla, calentando así sus brazos. Una vena en la frente de Orvin delataba su agitación; pronto enterró los dedos en el tomate. Tomó otro y al palparlo le pareció extraño. Mientras acariciaba el tomate, sufrió un malestar que supuso provocado por el exceso de adrenalina. Rompevallas estaba listo.

            Lanza, lanza que aquí te espero. ¡Chiquillo malcriado!

            El primer tomate fue a estrellarse bastante lejos del pepenador; sus sonrisas irritaron en extremo al muchacho. Tomó otro fruto rojo y de nuevo experimentó un desvanecimiento al acariciarlo. Este segundo lanzamiento, Rompevallas apenas lo rozó con la tabla, provocando en Orvin una ira dolorosa. Agarró otro proyectil y en esta ocasión no hubo mareo, por el contrario, sintió como sus dedos encajaban perfectamente en la piel del tomate.

            Va a tratar de sorprenderme, no se lo voy a permitir. Me moveré rápido y la sorpresa será para él.

            Sin agitación, sin ningún malestar, lleno de confianza y nuevas energías; Orvin lanzó el tomate con toda la energía de su joven vida y fue tal el esfuerzo, que esta vez si se desmayó.

            Ahora vas a saber quien es Rompevallas.
            Al despertar, viajaba veloz y directo hacia la tabla que ya cortaba el aire, impelida por los aún poderosos brazos de Rompevallas.