Me muevo al margen...

Aquí, en el margen, en el margen del canon, no hay reglas que cumplir, ni jueces que complacer, ni halagos que buscar, ni aplausos que dar con el hígado irritado...aquí, en el margen, en el margen del canon, sólo puedo hacer lo que me da la gana...

domingo, 28 de agosto de 2011

BIENAVENTURANZAS

Lila en ramo (Dece Ereo-Panamá)
Felices
los que trabajan
para gastar y gastar.

Dichosos
los que pelan los dientes
sin abrir el alma.

Bienaventurados
los que jamás tocan fondo
temerosos de ser profundos.

Bienaventurados
los que al sol dan las espaldas.

¡Sean felices y dichosos!

domingo, 21 de agosto de 2011

Mi pena es enorme

Tristeza amarilla (Dece Ereo, Panamá)

Mi pena es enorme
Y me fornica a la fuerza

-¿Por qué muere el volcán
Envuelto en silencios?-

Mi pena es enorme
Cuando recuerdo...

-¿Qué centella
encenderá el hogar?-

domingo, 14 de agosto de 2011

TRISTE BEBIDA PARA LOS GUAYACANES

Amarillo fresco (Dece Ereo, Panamá)

Parecía un viaje más hasta que nos topamos con un inoportuno embotellamiento. Sentado al lado de la ventana de uno de los primeros asientos, observaba a través del parabrisas del autobús como avanzaba lentamente la fila de coches.
Primero me enojé y luego, exasperé por la demora. El pesado bus adelantaba unos cuantos metros y frenaba, sacudiendo nuestros cuerpos como mangos en árbol apedreado por chiquillos. ¡Que necedad! Avanzar, frenar...y el remezón. Las luces de frenos de los autos que nos precedían, estaban semiocultas por el humo de sus escapes: Humo con sabor azul ocre y color soso amargo.
En caída libre el sol chocaba contra el pavimento, transformándolo en una extensa caldera. Dentro del bus, se respiraba una mezcla de aburrimiento y aire húmedo. El tiempo avanzaba... frenaba...y agitaba sus minutos.
Una isleta sembrada de guayacanes floridos, dividía en dos la avenida; sus pétalos caídos parecían alfombra tendida bajo los pies de la tostada tarde. Con pausa nos fuimos acercando a un auto blanco metido en la isla; era como un gran cebú tirado en el pasto, con la testa de cristal hecha añicos. Su conductor y un pasajero conversaban dentro del automóvil.
Para ver mejor, saque la cabeza por la ventanilla y constaté la diferencia entre el aire hervido interno al bus y la atmósfera asada de afuera. Estiré el cuello y allí lo vi, acostado al pie de un guayacán: los brazos en cruz, la pierna derecha recogida y la otra estirada, ambas sin zapatos.
Una aureola de sangre rodeaba su cabeza. Nunca olvidaré que cuando el bus se detuvo a su lado, sus ojos opacos y los míos parecieron encontrarse. Esa tarde joven, vi como los guayacanes se conmovieron al ver su diluida alfombra, manchada de bermellón. Un agrio bocado les tocó engullir, plasma coagulado de dolor; el asco hizo palidecer sus hojas, ramas y troncos.
No pude resistir la tentación de bajar del bus e investigar los por menores.
Ella estaba al lado del cuerpo en una actitud muy extraña; le hablé y según me dijo, lo vio todo, bueno, casi todo. Me contó que ambos tenían la intención de cruzar la ardiente calle. Él se adelantó y le faltaban unos cuantos pasos. Ella no se decidía, pues una brisa impertinente intentaba levantarle la falda; solamente oyó un estallido sordo y al levantar la vista, él caía en pleno césped.
Sin importar el espectáculo de la falda, corrió lo más veloz que pudo, tratando de ganarle a la de los ojos de abismo. Se apuró...si...como se apresuró. Sin embargo cuando llegó a su diestra, ya la mariposa de las alas de viento había volado. Puso la mano muy suave sobre su pecho aún tibio, tomó sus despeinados calzados y los apretó contra su seno mientras los tristes guayacanes, con su tapete salpicado de bermellón y raíces borrachas de ruina, lloraron pétalos de colores sobre el cuerpo.

Yo estaba allí ¿acaso se te olvida? Fue cosa del destino. El destino tuvo la culpa, tú no. La velocidad en esta zona es de setenta y apenas ibas a setenta y cinco. No bebiste ni una sola gota de licor, no lo has hecho; tampoco manejabas con desorden, soy testigo de ello.
Casualidad que al acercarte, el neumático delantero izquierdo reventó tirando el carro hacia donde él se encontraba. Trató de esquivarte pero el golpe fue peor, en vez de pegarle con un costado lo agarraste de frente: defensa, parabrisas, capota, baúl; finalmente, suelo. ¡Que porrazo!
Sin verlo ya me imagino su estado. ¡No! Escucha, no eres responsable, te juro que fue un accidente, te lo juro. ¿Cómo se te ocurre hacer esas comparaciones? Este percance no tiene nada en común con el otro.
Aquella vez: una fiesta de fin de semestre, algo de cerveza, un poco de cansancio acumulado, conducir sin otra persona con la cual conversar, un segundo de sueño y despertaste con el golpe. Huiste lleno de pánico al ver manchado su trajecito. Por supuesto que lo hiciste. ¿Donde estaba la madre? Apenas eras un estudiante ¿Que podías hacer? Ir a la cárcel no le devolvería la vida. Truncar tu carrera ¿Con que provecho?
Si, si, quizás tuviste algo de culpa, tal vez...¡pero esta vez no! Un reventón, una llanta explotó y te sorprendió ¿quién puede prevenir algo tan casual? Convéncete, fue un accidente.
El auto se dirigió hacia él y no hubo tiempo para reaccionar. ¡Te juro que fue un accidente! Sacúdete los vidrios de la camisa. Es más fácil si te sueltas el cinturón. No, no. Dudo que halla algo útil que hacer. Esta bien, esta bien, ya que insistes, vamos a ver. No creo que me guste, pero vamos.

No me gusta y no entiendo. No se por qué hacen tanta alharaca, total, así es la vida. A cualquiera le puede ocurrir un incidente. Con cosas más importantes que hacer y pierden el tiempo curioseando. ¡Morbosos! En vez de ayudar, están allí... mirando.
Yo no puedo perder tiempo, no puedo darme ese lujo. Por los reajustes estoy en la calle y ahora mi trabajo es buscar empleo. Tengo mujer y tres niños a los cuales no abandonaré, aunque a veces me entran ganas de huir.
Estábamos tan bien y ahora no les doy buena vida. Los dos mayorcitos iban a la escuela particular, tuve que cambiarlos a la pública. No les estoy dando la vida que se merecen y por eso la Maida buscó trabajo en un almacén. Mi orgullo y mi bolsillo, al respecto, tienen opiniones contrarias.
Por más empeño que pongo la suerte no me acompaña, sólo trabajos eventuales. La única buena suerte fue ganar una oferta, un seguro de vida por un mes. Claro, esperan que después del plazo lo siga pagando. ¿Con qué? ¿Con cascarita de huevo? Conmigo no cuenten.
La situación puede mejorar. Acabo de tener una entrevista donde me dieron esperanzas, casi seguridad. Volveré a trabajar, seré de nuevo el jefe de la casa y ya no tendrá que trabajar mi mujer. Ahora debo levantarme y ordenar las cosas, no puedo desperdiciar tiempo. ¡Ah! No me puedo mover.
Y siguen allí, mirando. Vayan a hacer algo útil en vez de estar aquí alimentando su curiosidad. Morbosos, eso es, morbosos entrometidos que se deleitan en observar los contratiempos ajenos. Sí, especialmente ese cabezón de rostro sudado que me miraba desde la ventanilla del bus y ahora está aquí, junto a la loca que robó mis zapatos.

domingo, 7 de agosto de 2011

A LA FELICIDAD LE GUSTA PERTURBARME

Una orquídea se escurre en la grieta (Dece Ereo, Panamá)

A veces, la felicidad arroja guijarritos contra el tragaluz de mi recámara. Eso me preocupa. Mucho. Es que escucho con recelo los ayayay del cristal asaltado.
Desde el césped y con cada gimoteo vidrioso, ella, la felicidad, rompe mis costumbres. No entiendo sus deseos, pero esperaré la tarde en que con una piedra rompa el ventanal.
Esperaré que la luz tibia de la tarde entre por la pequeña ventana rota y se resbale por las paredes, asperje la alfombra y me envuelva con un paño.
Esperaré que afuera la brisa despeine los árboles y me invite a pasear. Me atreveré a franquear la puerta y los sueños se colarán en mi alcoba. Y ya no serán necesarios más vidrios rotos.
Esperaré que la soledad no teja más espinas y que la música traspase el dolor. Será posible el regreso y llegará la mañana sin mareos y una sonrisa retozará en la habitación.
Esperaré que el vértigo deje de ser, que la muerte entierre las uñas en su ombligo y que mi cama no admita un insomnio más.
Esperaré que por la ventana rota la felicidad entre a mi recámara. De allí no saldrá. Trenzará mallas y las tirará al mar de mi tristeza y me atrapará. Sé que lo hará. Espero ansioso la tarde en que la felicidad con un guijarro rompa los cristales.
A veces, la felicidad…

jueves, 28 de julio de 2011

Su nombre es Joaquín


Su nombre es Joaquín
Y vive en los suburbios
De una ciudad que no lo quiere

Su nombre es Joaquín
Y camina receloso
Entre las esquinas de sombras
Y los colores de un semáforo

Su nombre es Joaquín
Y a veces se divierte
Poniendo a pelear a las hormigas
O tirándole piedras
A ese árbol de mangos

Su nombre es Joaquín
Y no conoce el significado
De la palabra pedofilia
Le suena a dolor en las tripas
Pero sí sabe
Que de acercarse mucho al viejo de la panza gris
Será acariciado entre las piernas
Y eso
No le gusta

domingo, 17 de julio de 2011

ALECRÍN ES UNA CANCIÓN

Cascada amarilla (Dece Ereo-Panamá)

Alecrín es la flor que canta, una copla en febrero, la sinfonía de septiembre. Sin embargo. Su canción es inconveniente, inoportuna, imposible. Y aún así. A pesar del julio fatal. Himno lejano del Octavo Sol.
Entre las ráfagas de la incertidumbre se escuchan las notas del cántico. Así como aletear de colibrí, tenue torrente que se aproxima y, asustado, rehuye el encuentro. Se escucha el canto y el prado vacante del Octavo Sol, invitó a diez mariquitas a caminar entre los capullos y desde las puntas del pasto avistaron a Alecrín vestida de cantatas y recorriendo las praderas. Una obertura verde nació desde sus labios.
El octavo Sol al medio día lanzó mil reflejos contra el escudo arcilloso. Y nació un feroz ataque de sed. Ese canto perfecto, ¿sería un espejismo? Ningún par de huellas crecía en la ribera. La flor no caminaba. El astro habitaba el cielo.
¿Sería un espejismo? El Sol oyó la canción y por fin quiso correr hasta la flor y las corolas que no eran ensueños. El pasto no mintió. El himno era su alegría.
Sin embargo la arcilla jamás guardó los pasos. No podía. El octavo Sol, al igual que todos los soles, no abandonaba sus pisadas. Una vez un sol lo hizo y el incendio fue terrible. A pesar de la cercanía, a la flor no le pudo arrancar ni una sola gota de perfume. Y no fue culpa de las espinas. No era Alecrín el espejismo. Él, el incandescente sublime, lo era.
Desencanto. El lucero tan cerca de los pétalos, el aroma tan lejos de los rayos.
Alecrín es una flor y también una canción, una copla en febrero, la sinfonía de septiembre. Sin embargo. Canción inconveniente, inoportuna, imposible. Y aún así. A pesar del julio fatal. Himno del Octavo Sol
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domingo, 10 de julio de 2011

VÉRTIGO

El hombre de retazos de papel (Dece Ereo)
Cuando desperté estaba cayendo. Lo que yo suponía un mal sueño, resultó ser la más grave de las realidades, la más impune, la inexplicable.
A pesar de no divisar aún el suelo, sentía su rápida aproximación; el viento hacía vibrar mis orejas, provocando un zumbido que servía de aburrido fondo. La sensación del vacío parecía plegarse y formar pólipos en mis intestinos; presentía que la nada me lamía la piel.
¿Por qué? ¿Por qué estoy cayendo? ¿Acaso el aire no es únicamente para el batir de alas? ¿Acaso yo tengo alas?
El pánico me hizo vomitar un grito en cámara lenta y tercera dimensión. Un grito contrastante con el zumbido de mis orejas; era como un solista policolor acompañado por un coro monotonal. El vértigo de la caída me pareció una ola que viajaba desde las uñas de mis pies hasta la curva de mis rizos, enredándose de paso en las paredes de mi estómago. Tantos años sobreviviendo y ahora sobremuero mi fin.
Luego de sumergirme en un banco de nubarrones, la náusea me atormentó menos. Sentí el rocío fresco envolviendo mis sienes y alejando de ellas el malestar.
Mi abuelo gustaba de caminar bajo la lluvia, alzar la cara y que las gotas, después de estrellarse, caminaran por el mapa de sus mejillas. Los placeres del abuelo eran los disgustos de la abuela: que si la ropa mojada, que si un resfriado, que si la pulmonía, que si el hospital, que si el cementerio. Al final, la abuela tuvo razón, el viejo murió de pleuresía a los noventa años.
Aún no acabo de comprender el por qué de este viaje acelerado, del vértigo tormentoso, de la máxima inseguridad. No sé el por qué, mucho menos cómo inició. Sólo sé que ahora se divisa el suelo, el final futuro, más cerca de lo deseado.
La abuela sobrevivió nueve años a la muerte de su consorte. Nueve años de periódicas y puntuales citas médicas, nueve años de píldoras e inyecciones, nueve años donde nunca una gota de lluvia tocó algún punto de su cuerpo. Fueron nueve años extrañando la sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro del abuelo, mientras ella con una toalla lo secaba.
El suelo a pesar de su significado y probablemente por su lejanía, se me antojaba como un inmenso óleo. Muchos tonos de verdes y chocolates competían por llamar mi atención; en el horizonte, ahora nuevo, los azules bordeaban el blanco de las nubes que parecían colosos con sus brazos alzados en plegaria. El sol llenaba de rayas blancas el croquis del cielo y de manchas negras las espaldas de las colinas.
Descubrí que al balancearme con ritmo, convertía en música el zumbido de mis orejas. Pude desenredar las náuseas de mi estómago, luego las digerí.
De niño, junto a mi abuelo tuve la más grande de mis aventuras: un viaje en velero hasta isla Contadora. Inolvidable la danza del yate sobre el mar, los delfines saltando a estribor y la ensalada hecha con la sierra pescada en el ombligo de la tarde. Lo recuerdo parado en la proa, cortando el viento con su nariz, extendiendo los brazos y gritando:
-Vuela hijo, vuela.
¡Qué tipo era mi abuelo!
Todavía recuerdo las gotas caminando despacito por sus mejillas, su sonrisa satisfecha empapando la toalla de la abuela; incluso me acuerdo de su grito en el yate.
Convencido de lo inevitable de mi encuentro con el suelo y aún así, sin ninguna desesperación, lancé un grito armónico con la nueva música de mis orejas, abrí los brazos y dejé libre mi pecho para el impacto, abrí los brazos y mis dedos rebanaron como queso el aire, abrí los brazos y grité:
-Abuelooo.
Abrí los brazos lo más que pude, abrí los brazos y estos...emplumaron.
¡Una brizna de hierba apenas rozó mi abdomen!